Julio Cortázar meets Humphrey Bogart

Publicado el día 27 de Mayo del 2015, Por Soho Mexico

A 100 años de su nacimiento, el escritor argentino tiene un encuentro imposible con el actor norteamericano. Y hablan de jazz.

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1967. Jardines de la UNESCO, París. La joven fotógrafa Sara Facio dispara su cámara sobre Cortázar. Entre las imágenes que capta se incluye ésta, de la que el escritor señala: "Quiero que sea mi foto oficial. Me gustaría que esa foto algún día estuviera en la tapa de un libro mío". Su deseo se cumple tiempo después.

"¿No tengo algo de Humphrey Bogart?". Es el siguiente año, otra vez París. Las calles están llovidas y el autor lleva la gabardina anudada en la cintura. Facio de nuevo saca su cámara, pero antes de la primera toma él se levanta el cuello del impermeable y deja que el cigarro le cuelgue de la boca, como muerto. Sí, tanto como la del año previo, la pose tiene sello bogartiano. Más que bogartiano habría que decir sello blaineano, de Rick Blaine, el personaje que el actor interpretó en Casablanca, cinta de 1943 considerada entre las mejores de la historia del cine y que volvió icónica su imagen. Poner a Cortázar junto a Bogart/Blaine vuelve inequívoca la referencia. Los pone a dialogar.

Me da por pensar que quizá sí, que tal vez compartieron pedacitos de alma además del cigarro, la gabardina y la época (el norteamericano nació en 1899; el argentino, en 1914). A partir de la pregunta "¿No tengo algo de Humphrey Bogart?" me entretengo buscando coincidencias entre ambos. Resulta este pequeño ejercicio paralelo en homenaje.

Hedonistas

Tanto Rick como Julio viven envueltos en una nube de tabaco. El dueño del bar más famoso de Casablanca fuma en la mayor parte de la cinta, mientras existen infinidad de fotos del escritor argentino aspirando un cigarro, un habano o una pipa. Además, los cigarros Gauloises perfuman su literatura, como el capítulo 93 de Rayuela, donde los personajes encienden uno nuevo con la colilla ("el pucho") del anterior.

Como complemento feliz del tabaco, Blaine y Cortázar son profanos amantes del alcohol, alejados de todo puritanismo. Me recuerdan aquello de Oscar Wilde: "Un cigarrillo es el tipo perfecto de placer perfecto. Resulta exquisito y te deja siempre insatisfecho. ¿Qué más se puede pedir??. Creo que Blaine y Cortázar responderían a coro: "Nada más. O sí. Una copa".

Jazzeros

"As Time Goes By" es, por supuesto, EL tema musical de Casablanca, el que da cadencia a la historia de los protagonistas, Rick e Ilsa: fija su último día juntos en París, los vuelve a acercar en Marruecos y sella su romance imposible cuando un avión los separa para siempre. El mismo "As Time Goes By" que suena en el bar de Blaine es un tema original de 1931 y que "nadie en el mundo puede tocar igual que Sam", según afirma Ilsa. Ese clásico del jazz americano es uno de los soundtracks más poderosos del cine universal y, evidentemente, la melodía más entrañable para Rick.

Por su parte, la pasión vibrante de Cortázar por la música lo llevó a confesar temerariamente a su editor, Paco Porrúa: "A medida que perfecciono mi técnica de la trompeta, más me gusta la música y menos la literatura" (citado en Cortázar de la A a la Z, Alfaguara). De chico aprendió piano y, más tarde, trompeta, instrumento que disfrutó hasta su muerte. Era además un gran melómano y en especial amaba el jazz, ritmo que incorporó en su obra: no sólo Rayuela está empapada de improvisaciones y alusiones jazzísticas, sino que El perseguidor se teje en torno a la figura del eterno Charlie Parker.

Lúdicos

En Casablanca, Rick Blaine se esconde entre palabras no tanto para comunicar y sí para jugar con su interlocutor, como en este diálogo con el capitán Renault (traducciones mías):

Renault: ?¿Qué carambas te trajo a Casablanca?
Blaine: ?Mi salud. Vine a Casablanca por las aguas.
Renault: ?¿Aguas? ¿Qué aguas? Estamos en el desierto.
Blaine: ?Estaba mal informado.

O cuando una deseante Yvonne le pregunta: "¿Dónde estabas anoche?" y él responde: "Hace tanto, que no me acuerdo". "¿Te veré esta noche?". "Nunca hago planes con tanta anticipación". Malabarista consumado de palabras, Rick juega todo el tiempo.

De Cortázar es conocida su actitud lúdica, la del "niño para tantas cosas" que privilegió el juego en el título y la estructura de su Rayuela, que evitó ser un escritor grave y a cambio estiró el lenguaje como chicle divertido. En La vuelta al día en ochenta mundos asegura con palabras de Man Ray: "Si pudiéramos desterrar la palabra serio de nuestro vocabulario, muchas cosas se arreglarían" y más adelante se apasiona: "Creen que la seriedad tiene que ser solemne o no ser; como si Cervantes hubiera sido solemne, carajo".

Existen más puntos de contacto entre Rick Blaine y Julio Cortázar. Por ejemplo, el primero es un personaje de ficción pero más verosímil que muchos que respiran, mientras el segundo es personaje de la vida real aunque empapada de ficción y fantasía. Además, cada uno en su trinchera combatió el totalitarismo: Rick, el fascismo en Etiopía y en la Guerra Civil Española, el nazismo en la Segunda Guerra Mundial; Cortázar, la dictadura argentina, además de amar y apoyar tanto la Revolución cubana como la Revolución sandinista.

Ahora mismo me los imagino en el Rick's Café Américain de Casablanca, ambos de gabardina con el cuello alzado, el cigarro entre los labios, tomando una copa y hablando de jazz. Quizá alguno de los dos hubiera dicho: "Este puede ser el inicio de una gran amistad".