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Vigencia de Julio Cortázar
Soho Mexico

Él quiere publicar cuando tenga ?Algo importante que decir?. Ahora quiere tomar distancia. Elige el exilio en París y allí va, primero a encuadernar libros. Y a pensar y escribir.

Lo estoy viendo.

Largo, felino, de movimientos lentos. Lo veo vivo, en la última habitación que le queda libre de su ?Casa tomada?. El último lugar libre de miedo a sus aversiones, diría él más tarde.

Bebe. Fuma. Bebe. Y escucha. Suena Bela Bartók y él sube el volumen. Cada instrumento de ?Concierto para Orquesta? retumba en la pieza, araña las paredes, pide a gritos salir por la ventana, pero él contiene la música, no la deja escapar. Porque afuera suena otra música: son los bombos peronistas que marchan vaya a saber a qué plaza. La música del húngaro pelea por mezclarse con la música argentina pero él lo impide a como dé lugar.

Quiere irse lejos, muy lejos. Tiene más de 30 años y no quiere vivir más en Argentina.

Como escritor no es muy conocido pero no le importa. Él quiere publicar cuando tenga ?Algo importante que decir?. Ahora quiere tomar distancia. Elige el exilio en París y allí va, primero a encuadernar libros. Y a pensar y escribir.

Y ni Dios ni la Patria se lo demandan. Abandona la Casa tomada y deja caer la llave por una alcantarilla. Pobre, no sabe en ese momento que ya no podrá recuperarla. Atrás, en la espalda, alguien le pegó un cartel que dice ?Gorila?. Julio Cortázar parte a un exilio voluntario y se convierte en un exiliado cultural, ?El peor exilio de todos?, dijo más tarde.

Ahí está él, vivo. Escribe desde lejos sobre la Patria. Fuma y acaricia a un gato. ?Te quiero, país tirado más abajo del mar?, dice. Escribe sobre un lugar inofensivo, ?puteando y sacudiendo banderitas, repartiendo escarapelas bajo la lluvia, salpicando babas y estupor canchas de fútbol y ringsides?. ?Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos, pobres blancos que viven un carnaval de negros?, remata.

Desde lejos Cortázar no ve ninguna salida. Bah, sí, ve una: ?El acto de contrición total de un pueblo, el reconocimiento de culpas y errores, con el ánimo de empezar otra vez y mejor?. Pero hay un problema, un pequeño gran detalle: ?El argentino medio está convencido de que la culpa es, siempre, de otro (...). Lo que venga, lo que caiga a tiro?, afirma. Y ahí es donde sin duda empezamos a correr en círculos, tratando de olerle la cola al otro porque seguro la tiene sucia. Ayer como hoy, como siempre.

Pero él quiere a la Patria, aunque esté lejos y el olor a podrido llegue hasta París.

Todavía conserva, a su manera, esperanzas. Y le dice ?Te quiero, país desnudo que sueña un smoking, vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga, tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas, tango, coraje, puños, viveza y elegancia?.

La nostalgia en Julio suena aplastante. ?Ser argentino es estar triste, ser argentino es estar lejos?, vaticina. Y parece que ronronea, con esa voz grave y gangosa. Pero no quiere caer en el cliché del que extraña, se niega rotundamente a la negatividad del exilio, entonces se refugia en la letras y en sus publicaciones para escapar al choque traumático de estar lejos y para enriquecernos a todos. ¿Por cuánto tiempo? Para siempre, porque se fue pero siempre estuvo, porque trastocó todos los órdenes del lenguaje y nos mostró tal cual somos, todavía .

Y escribe: ?Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles cubiertas de carteles peronistas, te quiero sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho, nada más que de lejos y amargado y de noche?.

A cien años de su nacimiento, ?La Patria? tiene la misma vigencia que hace más de 50 años, cuando la escribió. Todavía lo veo, sentado, fumando y acariciando a un gato, lejos pero cerca, mirándonos con sus ojos afilados.

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