Estimulados para crear

Publicado el día 30 de Marzo del 2015, Por Ceci García Olivieri

William Burroughs, Thomas De Quincey, Charles Baudelaire, entre otros escritores y su relación con diversos alucinógenos a la hora de crear.

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En un hotel de Lima, el escritor estadounidense William Burroughs todavía se sentía “colocado”. Los efectos de la ayahuasca le cimbraban el cuerpo y el alma.  Sin embargo le urgía documentarlo para que su amigo y poeta Allen Ginsberg no perdiera detalle de lo que estaba viviendo bajo los efectos de la planta mítica con propiedades alucinógenas y telepáticas.

 

“La ayahuasca es un viaje en el espacio y en el tiempo”, le escribió Burroughs a Ginsberg. “La habitación parece sacudirse y vibrar. La sangre y substancia de muchas razas (…) pasan a través de tu cuerpo”. La carta partió de Perú rumbo a Estados Unidos con fecha 10 de julio de 1953.

 

Esta crónica forma parte de Las cartas de ayahuasca, un libro epistolar que atesora la correspondencia y otros escritos entre Burroughs y Ginsberg, en sus periplos en busca del yagué o ayahuasca por Colombia y Perú. Ambos escritores, pilares del movimiento intelectual Beat Generation, pusieron sus cuerpos al servicio de variadas drogas para experimentar y, mediante ellas, crear. Surgieron obras literarias que hoy en día trascienden el tiempo como tesoros de la cultura.

 

Pero no fueron los primeros. La relación entre la creación literaria y las drogas salió del clóset a principios del siglo XIX en Europa, cuando arribó el opio de Oriente.

 

Aunque muchos literatos comenzaron a consumir opiáceos por dolencias físicas, pronto descubrieron que exaltaba notoriamente su capacidad intelectual. Ese fue el caso de Thomas De Quincey, quien consumía para sus dolores estomacales. 

 

Luego de más de 15 años de adicción, el escritor británico escribió Confesiones de un inglés comedor de opio (1821), donde narra sus experiencias como adicto.

Los franceses tampoco se quedaron atrás y experimentaron con estimulantes para abrir las puertas a la percepción creativa. Intelectuales como Charles Baudelaire, Víctor Hugo, Honoré de Balzac y Teophile Gautier formaron el Club des Haschischins, un salón donde probaban láudano y hachís. El poeta maldito Baudelaire escribió en 1860 Los paraísos artificiales, un ensayo que narra sus experiencias tanto con hachís como con el opio.

 

A fines del siglo XIX, el victoriano Robert Louis Stevenson escribió el clásico La isla del tesoro, en tan sólo seis días. Ese récord lo logró gracias a los efectos de la cocaína, según explicó posteriormente su hijastro Samuel.

 

Asimismo, escritores de antologías de literatura fantástica y de terror, como los estadounidenses H.P. Lovecraft y Edgar Allan Poe, fueron adictos a la morfina. Lovecraft le dedicó a esa droga el texto Dagón, donde relató sus vivencias como adicto. Por su parte Poe, obsesionado con la muerte de su esposa Virginia Clemm, se entregó al alcohol y la morfina para crear y, aunque sus obras fueron geniales, murió solo y en la pobreza más extrema.

 

El británico Aldous Huxley, creador de Un mundo feliz comenzó a experimentar en los años 50 con mescalina, un alcaloide que se encuentra en plantas como el peyote. La idea de Huxley era la de despojarse de sus miedos y abrirse a la belleza absoluta. De esa experiencia surgió Las puertas de la percepción, un ensayo sobre arte y religión. 

 

Por su parte, el antropólogo y escritor de Cajamarca (Perú) Carlos Castañeda, creador de Las enseñanzas de Don Juan (1968), se centró en presentar las particularidades del peyote, considerado por Don Juan como un “protector” para obtener un estado de conciencia aumentada. A pesar de que sus obras se vendieron como pan caliente, tiene muchos detractores por considerarlo un farsante.

El estadounidense Hunter S. Thompson pasó a la historia como el creador del “Periodismo gonzo” (en el que el autor es el protagonista y catalizador de la acción). En 1971 escribió Miedo y asco en Las Vegas, una obra enloquecida en la que narró sus experiencias con mescalina, ácido, cocaína, marihuana y estramonio, entre otras sustancias, durante un viaje a la ciudad del juego. Luego de la publicación de Miedo y asco en Las Vegas, Thompson explicó: "Lejos de mí la idea de recomendar al lector drogas, alcohol, violencia y demencia. Pero debo confesar que, sin todo esto, yo no sería nada"

 

La lista sigue y es imprescindible mencionar a Stephen King. El escritor estadounidense fue adicto desde 1979 a 1987, cuando alcanzaba los niveles más altos de fama con obras como Carrie o El Resplandor. El mismo King confesó: "Tomé todo lo que pueda imaginarse. Cocaína, Valium, Xanax, lejía, jarabe para la tos… Digamos que era multitoxicómano”.

 

¿Ayudan las drogas para crear? ¿Son o no una fuente de estimulación? El doctor en biología molecular argentino Estanislao Bachrach, creador del libro Pensar ágil-mente” (2012), explicó que las drogas influyen en la creatividad pero tienen efectos secundarios devastadores. “Jamás recomendaría drogarse con nada para ser más creativos porque la ciencia muestra que uno lo puede ser sin tomar nada. Además existe el efecto placebo: ‘Si te doy esto te va a salir mejor’, y la gente es más creativa no porque la droga le hizo algo, sino por eso”. 

 

A pesar de todo esto, las obras escritas bajo efectos psicoactivos existen y perduran en el tiempo como objetos de arte ¿Podrían estos autores haberlas escrito sin la ayuda de esos estimulantes? Nunca lo sabremos.