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Una persona normal pintada de payaso
Por Fernando Rivera Calderón @monocordio

Su mamá nunca aceptó que irse a trabajar de payaso fuera un trabajo serio. Sin embargo, el joven Ricardo González dejó la odontología para convertirse en Cepillín, “el payasito de la tele”. Hoy, 45 años —y dos infartos— después, rememora en entrevista con el músico y periodista Fernando Rivera Calderón los orígenes de su personaje, entre un vampiro y una corcholata.

Es probable, que en la historia de los payasos mexicanos, Cepillín ocupe un lugar de honor quizá como “el último payaso”, o por lo menos como el último payaso que sigue siendo payaso y no se convirtió en comentarista de noticias pintado de payaso, o en payaso venido a candidato a alcalde, o en payaso vendedor de hamburguesas.

Bastaron tres años de su programa El Show de Cepillín en la televisión abierta (1977-1980) para que este payaso medio hippie que usaba pantalones acampanados y camisas con cuello mao se volviera entrañable para una generación de niños que empezamos a celebrar nuestros cumpleaños ya no con “Las mañanitas”, de Pedro Infante, sino con las del aspirante a odontólogo que cambió los dientes por las sonrisas.

Conversamos frente al escenario que lo recibió a su llegada a la Ciudad de México: el Teatro Blanquita. Y no parece un payaso con 45 años de existencia, mucho menos un hombre de casi siete décadas de vida: parece el payaso sin edad de siempre, tierno pero funky, y en ocasiones triste.

El payaso y el vampiro

Desde niño yo siempre le tuve miedo a Frankenstein, al Hombre Lobo, a Drácula, pero cuando yo estaba tratando de maquillarme en la televisión de Monterrey, hace ya muchos años, estaba ahí don Germán Robles haciendo un programa que se llamaba Rutas del Destino, y yo estaba en el camerino y no me podía pintar. Y don Germán al lado.

—¿Qué te pasa hijo? —me preguntó.
—No sé cómo pintarme, señor.
—¿Me permites que yo te maquille como cuando yo la hago de vagabundo?
—Sería un honor.
Y me maquilló y yo le dije: Muchas gracias, señor. Y él me miró y dijo:  “Úselo, úselo”. Y así fue.

Cepillín antes de Cepillín

Antes de ser Cepillín siempre fui el chistoso de la fiesta, el chistoso de la secundaria, de la prepa, el chistoso de la facultad. Yo estaba estudiando Odontología y llegaba a la facultad y todos me decían: a ver, échate un chiste. Y siempre les contaba un chiste. Un día dije: me los voy a fregar a estos güeyes, y que empiezan: ¡que suba Ricardo! Y subo y digo muy serio: buenos días. Y todos: chiste, chiste. Y yo: discúlpenme pero en esta ocasión no les voy a contar un cuento porque voy a un funeral y estoy muy triste, y empiezo a hacer así y todos: ¿qué le pasa? Y yo: perdonen pero yo ahorita no puedo, porque... ¡se murió mi perrito Fifí! Y quise probar con esa babosada. También me invitaban a un trío y a una estudiantina a tocar el acordeón, pero no era payaso aún.

Durante la celebración de sus 45 años en el Teatro Blanquita, Cepillín estuvo acompañado de sus hijos Cepi Jr. y Franky Leon Leal

Patch Adams se llevó todo el crédito

Entonces llega un momento que en el consultorio que me prestaban mis maestros yo decía: bueno, si voy a atender a alguien me voy a pintar de payaso y así no van a tener miedo.

Y eso fue mucho antes de que saliera Patch Adams, que luego se llevó todo el crédito. Y ya luego llegué a la tele de modo accidental, le gustó al arquitecto Benavides de Multimedios en Monterrey mi forma de ser, bien naturalote, porque yo realmente era yo con maquillaje. Luego entró un gerente y me dijo “adiós” y yo: ¡en la torre!, ¿qué hago? Me vengo para México. Y gracias a Dios conocí a la madrina de casi todos que es Carmen Salinas y que me mete al Blanquita cuando estaba Margo Zu. Un día se había enfermado Lucho Navarro y me meten a mí, a cubrir esos 10 minutos. Carmen Salinas me presentó esa noche y así me quedé aquí. Era el 7 de enero de 1977.

El payaso tradicional asusta

A mí el zapato grande se me hacía muy tonto y la peluca también. Un día que me puse una que alguien me prestó en la primera maroma salió volando y me sentí muy mal, entonces dije ¿y si me quito la nariz de bola y los zapatotes y la peluca, y me visto como me dé la gana? A la gente le pareció bien. El mismo niño vio a una persona normal pintada de payaso. Mientras el payaso tradicional asusta por tanto maquillaje en mí veían a una persona normal.

La multiplicación de los Cepillines

A veces me decían: usted fue a mi piñata. Y les decía, a ver, enséñame la foto. Y me la enseñaban y les decía: bueeeno, ¡es que me puse a dieta! Pero nunca decepcioné a nadie. La gente pensaba que yo manejaba a todos esos muchachos. Había una página en los periódicos de aquel entonces de todos los dobles de Cepillín. Y yo pues decía: qué buena onda, ¿no? Estaba Cepillo, en Mérida, Pepillín, hubo imitadores en los circos, pero todos se han muerto... por coincidencia. El de Mérida se murió, el Chirrión se murió, ya bailaron todos y el bueno acá está.

Siete machete, ocho Pinocho

En aquella época yo estaba cantando “Tomás”, que fue un éxito 20 años antes, en la era del rock & roll, pero esas canciones las adapté. Y en vez de que dijera “hay un chico en esta ciudad”, la puse en presente: “soy un chico en esta ciudad”. “En el bosque de la China” la grabó Tin Tan, y la agarré y dio el trancazo. “Las mañanitas”, como estaba todo un puente musical, empecé con lo del “siete machete, ocho pinocho” y todo ese rollo fue lo que hizo algo diferente. “La Fiesta” fue un éxito mil años atrás: “todo mundo en esta fiesta se tiene que divertir...”. Don Rogelio Azcárraga, que es bueno pa’ los ‘bisnes’, me dijo: “oiga ahí están esas pistas, ¡úselas!” Y eran las pistas de Enrique Guzmán: “para ella eres un pobre payasito”.

El misterio de la Feria de Cepillín

La Feria de Cepillín no era la Feria de Cepillín, era la Feria de San Andrés. Otra cosa totalmente diferente, pero me la apropié y le puse la Feria de Cepillín. Y así. Y en esa onda fuimos haciendo un chorro de cosas que a la gente se le hacían a todo dar. También la gente me criticaba, me decían: ¡Oye, el niño se la pasa llorando por la de “Un día con mamá”!

Una canción que no tuvo madre

La de “Un día con mamá”, el autor Miguel Morales allá en Monterrey la había escrito en cumbia. ¡Imagínate, es una tragedia y este güey la está haciendo en cumbia! Yo la valsié, la puse en ritmo de vals y le metí el “mami, quiero estar contigo” y eso. Con decirte que la terminé de grabar y el ingeniero de sonido estaba llorando.

Los payasos y la política

Tú no puedes entrar a la política así; no sabes la responsabilidad que es. La política es un trabajo de 24 horas al día. Para eso se empieza desde chavo. No es una ocurrencia. Luego nos usan para hablar de los políticos, para todo usan la palabra payaso. La palabra payaso, según el diccionario, es “todo aquel que se maquilla”, o sea mi hermana es payasa y mi mamá es payasa. Bueno, es la definición de Larousse, muy mala definición.

Le pregunto a Cepillín si se considera un payaso con suerte. Me responde que después de dos infartos no le tiene miedo a nada. No hay manera de no creerle: es un payaso. Uno  de verdad, de esos que cuando van deprimidos al doctor le piden que les cambie la receta. Tantos años después de su debut, el payasito irreverente de la tele se ha convertido en un maestro. Cuando se lo digo, él sonríe con esa dulce sonrisa de vagabundo que le heredó Germán “el vampiro” y mira al escenario vacío: “Sin querer he aprendido algo”.

Al final de la charla con Francisco Rivera Calderón, el payaso le regaló un dibujo que le hizo. Leon Leal
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