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Mi vida como Dylanita
Rodrigo Fresán.

El escritor argentino Rodrigo Fresán nos explica cómo nació y se ha desarrollado su, ya conocida, afición por Bob Dylan, al grado de convertirse en un Dylanita, como él se denomina.

¿Cómo empezar? ¿Como esa canción de Bob Dylan, una de mis favoritas entre las suyas, “Tangled Up in Blue”? ¿“Temprano por la mañana, el sol brillaba, yo estaba tirado en la cama”? Es, y sería a no dudarlo, un buen comienzo desde un punto de vista narrativo. Empezar como si se cantase. Pero, en mi caso, no sería real.

 

El inicio de mi relación con Dylan no conoce un momento único y preciso y definitivo. No hay Big Bang. Y mi acercamiento a él es lento y siguiendo un curso alternativo.

 

Para empezar, mis padres —intelectuales porteños de los 60— no lo escuchaban. No había discos de Dylan en casa. Sí, de The Beatles (mis padres se separaban mucho entre ellos y se repartían los discos y así escuché por primera vez, entero, el White Album doble de The Beatles a eso de los 18 años, cuando me compré mi propia copia), de Pink Floyd, de The Rolling Stones. Y, a la hora de los cantautores, de Cat Stevens y de Simon and Garfunkel. Nada de Dylan.

 

Lo único que había de Dylan por ahí, mi primera percepción real de él, yo tendría unos ocho o nueve años, era esa ilustración/póster originalmente incluido en su primer greatest hits, de 1967, y que servía de portada a un volumen recopilatorio de uno de los héroes de mi padre: el diseñador gráfico Milton Glaser. Seguro que lo vieron y que lo recuerdan y que no lo olvidan: el perfil de Dylan en negro, como la sombra de un águila, y su cabellera de hongo, más atómico que alucinatorio, estallando en colores lisérgicos y ácidos.

 

El dibujo representaba ya a la perfección la inescrutable pero luminosa opacidad (ya entonces la inasible leyenda de Dylan era de lo único de lo que se disponía; porque su realidad era sólo para consumo interno de familia y muy allegados) de quien había dicho que los tiempos estaban cambiando con la certeza de quien sabe que es él quien los cambia.

 

Todo lo anterior para asentar que, de algún modo, veo a Dylan antes de oírlo. Y el síntoma permanece todavía por un rato largo. Antes de oír a Dylan, lo leo. Yo ya tenía 16 años, 1979, y era un dedicado perseguidor de la obra de Jack Kerouac & Co.

 

En un volumen de fotos sobre la Beat Generation me encuentro con una foto de Bob Dylan junto a Allen Ginsberg, los dos sentados casi sobre la tumba de Jack Kerouac, en 1975, en un alto de la gira/filmación de la Rolling Thunder Revue. Entonces, ahí, me compro una biografía de Bob Dylan. La primera (aquí y ahora, Dylan ocupa ya más de tres estantes de mi biblioteca con sucesivos recuentos cuasi bíblicos de su vida1, compilación de entrevistas, ensayos de especialistas2 y de admiradores de altura3, DVD documentales, y hasta su propia y magistral pero desorientadora versión en Chronicles Volume One de las muchas que leería: Bob Dylan 1941-199, del español Jordi Sierra i Fabra. Y allí me informo sobre su vida y obra. Y la acompaño de un par de cancioneros bilingües, Made in Spain, a cargo de Jesús Ordovás y de Mariano Antolín Rato, en la colección Los Juglares. Y estudio sus letras sin música. Y me imagino cómo sonarán “Blowin’ in the Wind” y “Like a Rolling Stone” y “Knockin’ on Heaven’s Door”4.

 

Recién después, siento que sé todo lo que hay que saber —intuyo ya que mi relación con Dylan va a ser importante y poderosa y larga, y que varios de mis mejores amigos serán fans de Dylan o tal vez, por ser fans de Dylan, acabarán contándose entre mis mejores amigos 5— y decido salir a comprar mi primer disco de Bob Dylan.

 

Allá vamos, vamos a averiguar, sí, How does it feel? Y, de acuerdo, mi primera elección es cualquier cosa menos obvia: ninguna de las dos recopilaciones de sus éxitos hasta la fecha; ninguno de sus para entonces varios hitos más que hits; ni, tampoco, lo que suena por esos días: el tan celebrado como desconcertante Slow Train Coming en el que el judío errante se reinventa frente a sus seguidores como cristiano renacido y canta con malicia de tonada infantil que, en el principio, el hombre le puso nombre a todos animales. No, lo que yo elijo es —quizá por deformación familiar, porque mi padre dedicó buena parte de su vida a diseñar portadas de libros y libros completos y tantas otras cosas— es un disco de vinilo cuya foto de portada se me hace fascinante: Street Legal (1978).

Bob Dylan sigue estando por encima de todo y de todos. Álbumes para un nuevo milenio apocalíptico como el perturbador y perturbado ‘Love and Theft’ y ‘Tempest’ demuestran que lo mejor puede/debe estar por llegar.

Décimo octavo álbum de estudio en 16 años de carrera y, en el momento de su salida, no muy bien recibido por crítica y público. Pero ahí dentro —en lo que en perspectiva puede ser considerado el cierre de la tetralogía divorcista que arranca en 1974 con Planet Waves y se continúa con Blood on the Tracks y Desire— Dylan suena como nunca. Arropado por gran orquesta vistiendo uniformes à la Neil Diamond para la ocasión, producción pastosa (que sería corregida y remasterizada en 1999, año en que sería redescubierto como pieza fundamental del puzzle), y coros femeninos. Todo el asunto apesta a show de Las Vegas, acusan.

 

Y, si a todo lo anterior se le suma que Dylan presente en directo6 a sus clásicos con des/arreglos para muchos (para mí no) demenciales, lo cierto es que Street Legal devuelve al súbitamente ilegal cantautor al mismo patíbulo en el que se lo intentó ejecutar en los años 60, cuando decidió electrificarse y dejar de protestar. Nada de eso me importa a mí. Lo que me importa, ya lo advertí, es la portada: allí, Dylan en un portal, asomándose y acaso escondiéndose, la evidente ausencia en su mano izquierda (no demoran en comunicarlo los detectives dylanoides de entonces) de la alianza matrimonial 7. Adentro canciones visionarias, blues diabólicos, apologías de machista sensible y reproches de corazón roto, paisajes apocalípticos y, ah, esa voz y ese fraseo.

 

Termino de escucharlo, junto todo el dinero del que dispongo, y salgo a comprar tanto The Freewheelin’ Bob Dylan, como Blood on the Tracks. Y trabajo y ahorro y lo siguiente es —el mismo día para procesarlos a lo largo de esa misma noche— Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde y ahí, en la oscuridad, mientras todos duermen, escuchar por primera vez eso de “She’s got everything she needs / She’s an artist, she don’t look back”, “The ghost of ‘lectricity howls in the bones of her face” y de “You’re invisible now, you got no secrets to conceeeeeeeeal”.

 

Y, desde entonces, casi 40 años después, sigo sin volver a casa, sin dirección a casa, como un completo desconocido que quiere conocerlo todo sobre aquel a quien todos conocen pero nadie domina.

 

No me esperen despiertos.

En resumen: Bob Dylan sí me soluciona el problema cada vez que me preguntan aquello de con quién entre todos los famosos vivos te gustaría tener una larga conversación.

Lo que me trae al día en que estoy escribiendo todo esto y mirando hacia atrás y recordando lo inolvidable: que vi por primera vez a Dylan en directo (tres noches seguidas) en Buenos Aires, en 1991, y que acababa de salir mi primer libro, Historia argentina, a la venta, y que yo no pude sino entender su llegada como milagro y conjunción astral y parte del festejo por mi debut. Que por esos mismos días vi a Dylan en calzoncillos y lavando sus propios jeans en la bañera de una habitación de hotel. Que un par de años más tarde lo crucé en la calle, en Nueva York, regalando entradas a pasmados transeúntes para un concierto de la semana siguiente (que resultaron ser sus ya míticas grabaciones en el Supper’s Club, el 16 y 17 de 1993) cuando yo ya, oh, no estaría en la ciudad. Que volví a encontrarlo en otro escenario, ahora en Davenport, 1996, y que acabé subiéndome al escenario para cantar con él y con el gigantesco hijo de un jefe indio llamado Rolling Thunder con una turba de adoradores en éxtasis8.

 

Que hasta me di el gusto y se me concedió el deseo de poder invitarlo a la portada de una novela mía9. Que poseo toda su discografía oficial y unos cuantos bootlegs (no tantos) cuidadosamente escogidos; y que (ya lo dije) me gusta mucho leer sobre él, la misma historia de siempre, como si se tratase más de un cuento de brujo que de un cuento de hadas. Que lo he visto varias veces más —en Barcelona, en San Sebastián, en Cap Roig— y que volveré a oírlo cada vez que se me ponga al alcance del oído y del bolsillo.

 

Porque, de acuerdo, lo confieso: soy dylanita. Pero soy un dylanita sensato y realista. Y no tengo ni tiempo ni espacio ni medios (aunque, por una temporada no más, ganas no me falten) para poder seguir a Bob Dylan a lo largo y ancho del mundo y de su gira interminable.

 

En resumen: Bob Dylan sí me soluciona el problema cada vez que me preguntan aquello de con quién entre todos los famosos vivos te gustaría tener una larga conversación. Y, en noches de insomnio, hasta puedo llegar a fantasear que finalmente se dan las coordenadas exactas y augurios propicios para que me toque entrevistarlo; y acudir a una de esas habitaciones de hotel de carretera en la que el hombre aparece, te arroja un puñado de genialidades, y después se esfuma en el aire, aseguran los que tuvieron la suerte de pasar por ello y que él les pase.

 

De acuerdo, más detalles: cada vez que se postula a algún “Nuevo Dylan” siento cierta curiosidad por enterarme de qué y de quién se trata (fue así como conocí a gente talentosa como Willie Nile y David Gray y Steve Forbert y John Prine y Micah P. Hinson y Warren Zevon y Townes Van Zandt y Freedy Johnston); y, de igual manera, fue el viejo Dylan quien me llevó marcha atrás para desenterrar a reliquias venerables como The Mississippi Sheiks o Blind Willie McTell. Y suelo comprar revistas nostálgicas como Mojo o Uncut cada vez que alguno de los muchos Bob Dylans que fue Bob Dylan (los que van de aquel joven folkie al actual jinete pálido con escalas en mesías eléctrico, marido country, divorciado feroz, predicador loco, y desorientado en la Era MTV) aparece en su portada.

 

Y, ok, de tanto en tanto entro en sites especializados como Expecting Rain para enterarme de qué hay de nuevo, viejo. Pero no he cruzado —y espero no cruzar— la fina línea que separa al encendido fan del fanático en llamas.

 

A estos últimos, el año pasado, se les ha dedicado todo un libro. Un título imprescindible en el apartado de dylanistic studies y, a su vez, uno de los más divertidos y escalofriantes jamás escritos acerca de la radiación e influjo del artista nacido en Duluth, Minnesota, 1941, con el nombre de Robert Allen Zimmerman.

 

El libro en cuestión se titula The Dylanologists: Adventures in the Land of Bob, está firmado por David Kinney y puede leerse como si se tratase de una película de Wes Anderson (simpático y adorable), de los hermanos Coen (desopilante y cruel) o de David Lynch (pesadillesco y atemorizante).

 

¿Qué hace allí Kinney? Fácil: entrevistar a los adoradores más adorantes de Dylan. Gente de todo los sexos y de variadas edades (van de la adolescencia a la senectud) empeñadas en seguir a su gurú; en saberlo todo acerca de él y lo que no saben se lo inventan; en descifrar los misterios de su basura (el caso ya célebre y enervante del basurólogo A. J. Weberman); en coleccionar compulsivamente hasta el último artefacto o tape dylaniano (está aquel que posee, orgulloso, la sillita de Baby Bob); en convencerse de que Time Out of Mind predice la muerte de Lady Di; en hacer cola desde el día anterior al concierto para conseguir la mejor ubicación de la sala, ahí enfrente, mirándolo sin pestañear y con los oídos bien abiertos y moviendo los labios y analizando cada variación en los versos y cada inflexión en esa voz que parece surgir de las profundidades de la tierra. “Una nación underground de obsesivos que jamás se reformarán”, diagnostica Kinney.

 

Pero, vamos, hay cosas más graves: peor —más ingenuo y doloroso— que creer en Dylan es creer en los políticos, ¿no? Dylan resulta mucho menos decepcionante y mentiroso. Y —a diferencia de lo que ocurre con casi todo estadista— cuando Dylan se equivoca, el tiempo acaba enseñándonos que Dylan siempre tuvo la razón.

Y, desde entonces, casi 40 años después, sigo sin volver a casa, sin dirección a casa, como un completo desconocido que quiere conocerlo todo sobre aquel a quien todos conocen pero nadie domina. No me esperen despiertos.

Pero lo interesante del ensayo/crónica de Kinney es que también se ocupa del fan que alguna vez fue y sigue siendo Dylan. Imitando a Woody Guthrie y nutriéndose vampíricamente de todas las glorias folk del Greenwich Village durante su primera incursión en aquel invierno helado de Manhattan de 196110. O amasando una de las más importantes colecciones de valiosísimos y vintage discos de pasta. O coleccionando todo lo que encuentre sobre la Guerra de Secesión, una/otra de sus obsesiones. O comprándose casas y castillos por todo el mundo. O “robando” frases de libros y películas y canciones con astucia de urracas, dedicación estudiosa del más sagaz de los archivistas o bibliotecarios, y con su presente look en el que confluyen el cowboy crepuscular y justiciero y el elegante tahúr de salón à la Lucky Luke, siempre a punto de ser expulsado del pueblo montando en un riel y cubierto de alquitrán y plumas hasta el pueblo siguiente y la próxima partida.

 

Pero no lo más revelador pero sí lo más “útil” de la investigación de Kinney es el ordenamiento de un sentimiento que estuvo allí desde el principio de todo: la constancia y disciplina con las que Dylan siempre despreció y desprecia cada vez más a los más dedicados seguidores de su moda y modos. Dylan siempre se rió y se burló de ellos, en más de una ocasión les recomendó que se “buscaran una vida”, los catalogó como “ridículos y cómicos y tristes”, y concluyó: “¿Por qué cada vez que se encuentran conmigo se vuelven locos? ¿Qué es lo que les pasa? Que el señor se apiade de ellos. Son almas en pena”.

 

Y Dylan desprecia especialmente a sus contemporáneos. A los que lo vienen (per)siguiendo desde hace más de medio siglo y sumando. Cuenta Kinney que a Dylan le ponen muy nervioso todos esos ancianos a sus pies. Y que ordena a sus managers que los escondan al fondo de los teatros, que delante suyo pongan nada más que chicas guapas, que no quiere saber nada con verlos aullando sus canciones como, sí, “almas en pena”.

 

Y en los últimos tiempos —comenta Kinney al cierre de su libro— Dylan ha tenido una idea terrible: poner sobre el escenario espejos enormes para que sus fans veteranos se vean reflejados, vean lo que él tiene que ver todas las noches, y retrocedan hasta las últimas filas espantados como vampiros o como Dorian Grays ante sus retratos. O que entiendan de una vez por todas que “yo no tengo las respuestas”.

 

Pero me temo que la cosa no funciona. Ahí siguen y ahí seguirán. Al frente y vista al frente. Y, claro, hay momentos en que uno quisiera ser liberado. Sentir como el hechizo se va esfumando. Poder dedicarse a otras cosas y hasta a otros artistas. Pero no se puede. Bob Dylan sigue estando por encima de todo y de todos.

 

Álbumes para un nuevo milenio apocalíptico como el perturbador y perturbado “Love and Theft” 11 y Tempest12 demuestran que lo mejor puede/debe estar por llegar. Revisiones de su pasado como los recientes redescubrimientos de Another Self Portrait o The Basement Tapes Complete recuerdan que lo mejor siempre llegó13. Y caprichos como su abordaje del repertorio franksinatresco en el reciente Shadows in the Night son evidencia de que siempre será imprevisible a la vez que emocionante.

 

Y, ah, tan gracioso. Como esa anécdota en la que un policía lo confunde con un homeless amenazador y se lo lleva a comisaría porque “Sí, me dijo quién era pero se parecía al de las fotos”. O manifestándose sin aviso previo en el jardín de infantes de sus nietos para cantarles “Froggie Went A-Courtin’”. O siendo avistado entre los turistas de un John Lennon Tour por Liverpool14.

 

O, hace unas semanas, pronunciando ese inesperado y descomunal y emotivo discurso de agradecimiento a la organización protectora de músicos en apuros MusiCares —que lo había escogido como Persona del Año— en vísperas de la última entrega de los Grammy. Allí, de nuevo, el renovado milagro de comprobar que Dylan está fuera del tiempo y del espacio, que es más antiguo que viejo y, por lo tanto, es un clásico. Y que luce como uno de los músicos fantasmales que él admiró en su juventud.

 

Allí, con sonrisa de tiburón y afilado como una navaja, Dylan repasó su largo viaje, y agradeció a sus mayores, y se burló (“¿Por qué yo, Señor?”, se lamentó riendo) de quienes lo consideran un especialista en “confounding expectations”15. Allí, luego de media hora de hablar sin prisa ni pausa, Dylan se despidió con un “Ahora voy a marcharme... Probablemente no me he referido a mucha gente y he hablado demasiado de unos pocos. Pero es lo que hay. Como dice el spiritual: ‘Aún estoy cruzando el Jordán’. Espero que nos encontremos de nuevo. Y lo haremos si, como Hank Williams dice, ‘Es la voluntad del buen Señor y el arroyo no se desborda’”.

 

Y, claro, lo que uno piensa entonces es en que ojalá no falte mucho para el próximo encuentro y falte mucho todavía para la despedida sin retorno.

 

Mientras tanto y hasta entonces —y él lo sabe, para bien o para mal, le guste o no— no se puede ser Bob Dylan si no hay dylanitas. ¿Por qué él, señores? ¿Por qué nosotros? Porque, como él mismo alguna vez le respondió a un fan que se le acercó para agradecerle por todo y decirle lo importante que era en su vida, “Bueno, hijo, todos tenemos nuestros héroes”.

 

Y —a diferencia del desafortunado y perseguido y siempre en proceso de decodificación Bob Dylan— nosotros tenemos algo que él jamás podrá tener. Nosotros tenemos la inmejorable suerte de tener como héroe a Bob Dylan.

Notas de pie de página

1.- De tener que elegir una o dos o tres o cuatro aproximaciones al monstruo, aquí les hago un favor: la más chismosa es Bob Dylan Behind the Shades de Clinton Heilyn; la mejor escrita son los dos recientes volúmenes —Once Upon a Time y Time Out of Mind— de The Lives of Bob Dylan, de Ian Bell; si lo que se desea es leer ensayos y opiniones, ahí está la recopilación del dylanita cum laude Bob Dylan by Greil Marcus / Writings 1968-2010 o Bob Dylan in America, de Sean Wilentz. El más profundo (y entusiasta) estudio de su potencia poética se propone en Dylan’s Visions of Sin, de Christopher Ricks.

 

2.- Michael Gray, David Hajdu, Clinton Heylin, Greil Marcus, Robert Shelton, Sean Wilentz, Paul Williams, Robert Christgau y siguen y siguen y siguen las firmas.

 

3.- Varios de los mejores se encuentran en Studio A: The Bob Dylan Reader.

 

4.- Aprovecho la ocasión para, una vez más, aclarar un punto inexacto: con los años, yo también me vi involucrado en la magna empresa de traducir y anotar todas las canciones de Dylan de 1962 al 2001. El proyecto no resultó por razones que no vienen aquí al caso. Pero sí me interesa consignar que esa traducción on line de “Visions of Johanna” que se me atribuye no es mía. Y rogar —ya casi es una leyenda urbana— que, igualmente, por favor, dejen de repetirlo: yo jamás propuse traducir “Like a Rolling Stone” como “Como una bala perdida”. Nunca lo hice y jamás lo haré, ¿ok? Muchas gracias por vuestra atención y volvemos a estudios.

 

5.- Juan Ignacio Boido, Andrés Calamaro, Alfredo Garófano, Ignacio Echevarría, Jonathan Lethem, Ray Loriga (quien le pagó un café en la barra de un bar del TriBeCa, “Muchas gracias”, fue todo lo que le dijo BD, siempre dispuesto a ahorrarse unas monedas), Patricio Pron, Wesley Stace, Enrique Vila-Matas… Preciso: tengo muchos grandes amigos a los que Bob Dylan no les interesa. Todo bien. Pero con ellos tengo una cosa menos de la que quedarme conversando hasta las tres de la mañana.

 

6.- La gente es muy pero muy mala y bautiza a toda la movida como The Alimony Tour (o la Gira de la Pensión por Alimentos).

 

7.- La foto fue tomada por Howard Alk, viejo camarada de Dylan, en la puerta de entrada de los Rundown Studios de Santa Mónica, California —comprados por Dylan en 1977— donde se grabó Street Legal. Los que estuvieron allí aseguran que “no era el mejor lugar para grabar nada”. Cinco años después, el cuerpo sin vida de Alk fue hallado ahí dentro. Unos dicen que murió por una sobredosis accidental de heroína. Otros que se suicidó.

 

8.- ¿Se me permite la auto-referencia? ¿Sí? Conté parte de todo esto en alguna crónica y lo reinventé para mi novela La parte inventada (páginas 493-498).

 

9.- La última reedición de Esperanto (Mondadori, 2011).

 

10.- Verlo llegar, fuera de foco, al fondo del final de la gloriosa Inside Llewyn Davis de los ya citados Joel & Ethan Coen.

 

11.- En el que —atención dylantitas a la caza de significados ocultos y confirmación de los superpoderes de B.D.— le canta, en “Mississippi”, a un “Cielo lleno de fuego, dolor cayendo desde lo alto” y que salió a la venta la mañana de aquel 11 de septiembre del 2001.

 

12.- Donde incluyó una canción de 14 minutos y 45 estrofas sobre el naufragio del Titanic sin mencionar ni una vez la palabra iceberg, pero no privándose de aludir a un tal Leo.

 

13.- Y hacen temblar de enfermiza anticipación al pensar en lo que saldrá a flote desde las sus bóvedas cuando Dylan ya no esté entre nosotros, pero siga estando después de que todos hayamos desaparecido.

 

14.- Antes del magnicidio de Lennon a cargo de su “admirador” Mark David Chapman, Dylan le comentó a Sam Shepard que “los fans son más peligrosos que un hombre con un arma porque son algo invisible. Algo casi imaginario. Al menos, con un revólver, sabes a lo que te enfrentas”.

 

15.- Pueden leerlo aquí en inglés.

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