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Soy fan de Sex and the city
El escritor Jaime Mesa nos confiesa de dónde viene tanto apego por la serie. El escritor Jaime Mesa nos confiesa de dónde viene tanto apego por la serie.

Dueño de una edición especial, aficionado a los maratones –ha visto cada temporada unas 15 veces–, amante de los diálogos de Carrie, el escritor Jaime Mesa confiesa de dónde viene tanto apego por la serie.

AMO LA RESACA

 

Existe una edición especial de Sex and the City con cinco de las seis temporadas, cuya presentación parece una caja de zapatos rosa. Soy dueño de una de ésas, porque soy un fan irredimible de esta serie que revolucionó el concepto de la superficialidad. No sé cuánto tiempo tardé en aceptarlo, pero sé que nunca lo escondí y que siempre traté de hablar, en la medida de lo posible, de ese gusto, primero culposo, y luego abiertamente feliz.

 

Como me ocurrió con The Sopranos, me perdí el estreno de Sex and the City en HBO y sólo llegué a ella cuando había terminado. Así que soy de los afortunados que logró ver todas las temporadas en un mes mediante maratones donde me integré a la vida de cuatro neoyorquinas, casi prototípicas para la cultura popular.

 

Me sé diálogos completos, puedo recordar casi cualquier escena y tengo, entre muchos, tres episodios preferidos: “The Real Me” (temporada 4, capítulo 2, 2001), cuando Carrie se cae en una pasarela a la que es invitada por ser una celebridad y de manera heroica se levanta; “Critical Condition” (temporada 5, capítulo 6, 2002), cuando Carrie publica su primer libro y Michiko Kakutani le dedica una reseña en el Times; y “The Post-it Always Sticks Twice” (temporada 6, capítulo 7, 2003), cuando Berger, el novio novelista de Carrie, la abandona con la mítica frase: “I’m sorry. I can’t. Don’t hate me”, escrita en un Post-it.

 

Estoy seguro de que prefiero a Aidan sobre Mr. Big; que me hubiera gustado que el novelista Jack Berger tuviera un poco de autoestima para luchar por Carrie; y que grité emocionado cuando Mr. Big quiere matar a Aleksandr Petrovsky (Mikhail Baryshnikov) porque le había pegado a Carrie.

 

Me parece que he dejado bastante claro hasta qué punto soy fan de la serie. Y que no es mentira cuando declaro que he visto cada temporada unas 15 veces. ¿Por qué hago esto? Acá van unas cuantas razones:

 

1. Empecé a ver la serie cuando quería ser un escritor publicado. Así que la idea de que alguien viviera de escribir, de tener una columna semanal, me llenaba de esperanza.

 

2. En la serie siempre había guiños a la literatura, al arte y los artistas de una forma superficial y neoyorquina: integrada al día a día, como parte de la cultura popular, hasta esnob: como tomar un espresso macchiato en Central Park mientras lees la última crítica de Michiko Kakutani en The New York Times, donde despedaza la novela del más nuevo escritor estadounidense que mencionó Oprah hace una semana mientras suena en tu iPod The Bends, de Radiohead.

 

3. Carrie Bradshaw anduvo con dos novelistas y ese juego con el arquetipo de cómo deben ser los escritores, caricaturizados, es un tema que siempre me ha interesado.

 

4. Porque van al beisbol una vez y Carrie sale con el novato del año de los Yankees.

 

5. Por toda la farándula literaria que envuelve a Carrie rumbo al final de la serie: fiesta de lanzamiento de su libro, reseña de Michiko Kakutani en el Times, traducción al francés de su libro, los problemas al elegir portada, la recepción de los lectores, la felicidad del primer cheque de las regalías, etcétera.

 

6. Las historias de amor y sus vueltas de tuerca. La alegre convicción de que el amor de tu vida existe y que la perseverancia te recompensa al final de la temporada seis.

 

Mientras escribo esto me doy cuenta de que Sex and the City estuvo presente durante un periodo fundamental de mi vida: cuando comencé a entender realmente el significado de “amar” y cuando comencé a ser escritor.

 

En aquel momento, con una presumible madurez inmersa en los fracasos naturales de la confianza artificial al enfrentarnos a lo real, la balsa que ofrecía la historia de cuatro mujeres (donde el personaje principal era escritora) envueltas en decenas de historias de amor, como una educación sentimental postmodernista, me ayudó, creo, a no enloquecer. Por una parte, la pérdida del amor y por otra la imposibilidad de la escritura y la dificultad de escribir una novela.

 

Qué curioso descubrir lo cerca que está una serie, presumiblemente banal, a las primeras percepciones de lo que después se volvió fundamental para mí. Así, la búsqueda del tesoro, aderezada por las cuatro mujeres protagonistas, me convirtió, de alguna enferma forma, en adulto. La síntesis perfecta de Nueva York (su remedo, su parodia) que proyectaba la serie chocó en mi conciencia mucho tiempo después cuando visité la ciudad, en un viaje memorable. El choque, también aclaro, fue de una suavidad desconcertante. La serie, aunque era una representación de Nueva York, no existía en la ciudad real.

 

Mi punto es que para mí Sex and The City representó la plastilina de mi educación sentimental y extraliteraria.

 

 

Cuando, por fin, el amor y la publicación deseada llegaron, ni el novelista Jack Berger, ni Carrie Bradshaw ni las relaciones amorosas que se mostraban ahí surtieron efecto en mí. Descubrí, mucho tiempo después, que mi niñez había terminado (sí, a los 20 o 21 años) con la última temporada de la serie y que la repetición obsesiva sólo era como aquel destello que dejan las estrellas al morir y que seguimos viendo luego de millones de años.

 

Este aprendizaje, saber qué representaba para mí esta serie odiada y amada, me hizo descubrir que tenía bien dividido el asunto de los divertimientos, de la ficción y de la vida real.

 

Que aunque me gustaba ver en una pantalla la representación gráfica de mis deseos (el amor, ser publicado), mi conciencia supo diferenciar lo que sí y lo que no, y me salvé de terminar el resto de mis días sentado en un sillón, bebiendo cerveza, en bermudas y Crocs, buscando en Sex and The City algo más que lo que es. O bien, frustrándome por no encontrar al amor de mi vida o enojándome con los que sí han publicado y les va bien en su carrera de escritor. Al contrario, mi gusto culposo, mi helado de tocino de las tres de la mañana, se conserva en el lugar donde nació y murió: el patio de juegos de mi conciencia y no permeó mi vida.

 

No soy Mr. Big ni Aidan ni Berger ni Aleksandr Petrovsky ni estoy enamorado de ninguna Carrie Bradshaw, Charlotte York, Miranda Hobbes o Samantha Jones. Son, si acaso, mis muñecos descabezados, mis caballitos de juguete, mis dientecitos de ajo. Sin embargo, este gusto, aunque es defendido por mí, sigue siendo culposo porque no es algo que suela comentar en un bar con mis amigos, ni pensaba revelarlo tal cual (hasta antes de este texto) y, sobre todo, aún no sé si le heredaré a mi hijo Dante mi adorada caja de zapatos rosa.

 

ME GUSTAN MIS HEDORES

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