Ir
Famosos
Por Mauricio González Lara @mauroforever

Es sencillo ser famoso por un cuarto de hora en 2015.

La fama, sostenían David Bowie y John Lennon en 1975, es algo peligroso: no sólo torna a los hombres más humildes en bestias hambrientas de admiración, sino que tarde o temprano se mofa de sus ambiciones y los abandona en el limbo de la frivolidad. También despierta envidias, fanatismos y rencores. “En el futuro, todos serán mundialmente famosos por 15 minutos”, sentenció Andy Warhol en 1968.

Tenía razón: es sencillo ser famoso por un cuarto de hora en 2015. La parte difícil es mantener la popularidad sin ser eventualmente masacrado por la misma gente que celebró el ascenso.

La vida como “famoso” es traumática. Botón de muestra: la caída de Miguel Ernesto Herrera Aguirre, el defenestrado “líder” que se desempeñaba como entrenador de la Selección Nacional de Futbol. Conocido popularmente como “el Piojo”, Herrera se consagró como celebridad de primer nivel gracias a su desempeño durante la Copa Mundial de Brasil 2014.

Si bien ya era reconocido por su labor como director técnico del Club América, equipo al que hizo campeón en 2013, “el Piojo” se transformó en un fenómeno internacional durante el Mundial brasileño por razones ajenas a lo futbolístico.

Los medios construyeron una narrativa de una selección ganadora, pero lo cierto es que México, como siempre, no logró pasar a cuartos de final. Los desplantes eufóricos de Herrera cada vez que anotaba la selección, por otro lado, eran algo inédito. Situadas entre la epifanía rústica y la posesión demoniaca, las convulsiones de felicidad del “Piojo” capturaron la imaginación colectiva.

La gente estaba acostumbrada a que los técnicos del tricolor se comportaran con cierta seriedad; Herrera, en cambio, desdoblaba un pintoresquismo similar al de un padre alcoholizado en una fiesta de quince años.

Todos sabían que el “Piojo” carecía de nivel, pero el carisma sentimental de sus porras terminó por cautivar a la gente.

El trabajo de Herrera no era la estrategia deportiva, sino ser famoso y salir en todos lados. Tras varios meses de “piojomanía”, Miguel perdió el piso y se inmoló con dos acciones inexplicables para cualquiera que ignore la naturaleza destructiva de los reflectores: el apoyo al Partido Verde en Twitter y la agresión a un periodista de Televisión Azteca.

Los mismos líderes de opinión que aplaudieron sus guasadas ahora demandaban su renuncia. La burbuja creada por la fama contribuyó a que Herrera se viera como algo más que un payaso. Se equivocó.

La fama crea una ilusión de impunidad. Véase el caso de Donald Trump: desde que lanzó su campaña presidencial hace un par de meses, el magnate no ha mostrado ningún escrúpulo en explotar la ignorancia de una buena parte del electorado estadounidense.

La estridencia mentirosa de los ataques contra México atrae los reflectores, pero no lo sobredimensionemos: los simpatizantes del multimillonario no lo siguen por el temor a una invasión azteca. Palabras más, palabras menos, la confianza del elector en Trump se basa en su imagen de empresario culero y eficaz; en su fama mediática, pues. El panorama luce complicado para “The Donald” una vez que finalice su aventura política: una marca devaluada por sus comentarios racistas, la cancelación de contratos con empresas internacionales y el final de su carrera como celebridad televisiva.

Nada de esto volverá pobre a Trump, obvio, pero difícilmente va a librarse de los costos económicos y emocionales provocados por el delirio de imaginarse presidente. Detrás de todo sueño de opio habita la tragedia. Donald no será la excepción.

Los famosos no merecen nuestra credibilidad, ¿pero quién no desea ser célebre? A fin de cuentas, la mayoría de nosotros desea proyectarse como un referente para los demás.

Hay dos formas de conseguir este reconocimiento. Una es mediante las credenciales que brinda el estudio. En un escenario ideal, ser el equivalente de Stephen Hawking en las ciencias físicas o Umberto Eco en la semiótica.

La fama brinda otra forma de acreditación, basada en la notoriedad y el histrionismo. La segunda siempre será más seductora que la primera. ¿O acaso alguien en su sano juicio cree que Stephen Hawking se la pasa mejor que Paris Hilton?

relacionadas SOHO
Comenta esta nota