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Una sed que no se sacia
Por Julio Trujillo @amadonegro

El Genji no es un manual de promiscuidad, sino una enciclopedia de la seducción, del estilo y del arte de combinarlos.

De la seducción como una de las bellas artes: tal es el título del libro que hubiera querido escribir, tal vez en otra vida. Porque la seducción es un arte, e implica la dedicación y observación de una sensibilidad alerta, o si no pregúntenle a Sören Kierkegaard, a Choderlos de Laclos, a Tirso de Molina, a Molière, a Byron, a Casanova… Pero todos juntos palidecen frente a una mujer, Murasaki Shikibu, la supuesta autora del Genji Monogatari o Historia de Genji, una profusa y bella historia sobre el arte de la seducción escrita en el siglo XI. O sea que el libro que quiero y no voy a escribir ya existe desde hace mil años.

Considerado por algunos como la primera novela, el Genji Monogatari es un clásico japonés de todos los tiempos y se basa, en mi opinión, en una sencilla premisa: no decir nada y sugerirlo todo. La diferencia entre un cuerpo desnudo y otro vestido es que este último nos ofrenda dos enormes regalos: el de imaginarlo desnudo, por un lado, y el de tramar cómo y con qué maniobras lo desnudaríamos, por el otro. Murasaki Shikibu entendió esto, y no sólo nos hurta en su Genji de la consumación sexual de la seducción, sino que su propia prosa es una especie de gradual desvelamiento, como si las palabras también desvistieran. El estilo como foreplay.

Y todo en el Genji es estilo, delicadeza y poesía. Para acercarse a una dama deseada, por ejemplo, el caballero lo hacía a través de un poema escrito sobre papel perfumado de finísima calidad, y el poema era entregado por un “mensajero” de apropiado rango social. No importaba si la dama era la esposa de otro, pero tenía toda la importancia del mundo que el poema fuera bueno, escrito con bella caligrafía, con el papel y el perfume apropiados. Aquellos envidiables japoneses se regían por una rigurosísima moral del arte y una más bien suelta moral sexual. Hay paisajes de alta tensión erótica en que una dama, encubierta en las sombras, tras capas y capas de seda, deja asomar un ínfimo pedazo de la blanca tela de su manga y provoca la locura extática del caballero seductor. Sabemos, sí, que muy probablemente, tras librar una serie de refinados obstáculos, se obtenga el objeto del deseo, pero esa escena ya no importa, sino el camino para llegar a ella.

Las historias se acumulan, una tras otra, durante cientos y cientos de páginas. Acompañamos al príncipe Genji desde que se casa por primera vez, a los 12 años, y a todo lo largo de su experiencia con amantes, concubinas, esposas.  Y el Genji no es un manual de promiscuidad, sino una enciclopedia de la seducción, del estilo y del arte de combinarlos. La lectura de este libro nos refina, nos abre los ojos, estimula nuestros sentidos. Y nos hace ver, en esta época que podríamos llamar el Siglo de la Pornografía, que desearnos y tenernos debería ser otra cosa: que el acto sexual comienza mucho antes y termina mucho después de la cópula precoz de la actualidad, que bastan voluntad e imaginación para subir la temperatura de nuestras vidas y celebrarnos como lo que somos: una sed que no se sacia.

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