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Simpatía por el “Chapo”
Por Mauricio González Lara @mauroforever

Para muchos ingenuos, existe un nuevo “Mexican dream”: nacer pobre y morir “narco”

Todos los colombianos recuerdan la fecha. El 2 de diciembre de 1993, Pablo Escobar, el legendario narcotraficante, fue abatido en Medellín, donde sus miles de millones de dólares levantaron edificios, parques y restaurantes; donde había dado casa a los pobres, aquellos mismos que antes de su reinado habitaban en infames basureros, con la boca y nariz tapadas por mascadas, apenas capaces de sobrevivir a la peste. Era el Medellín donde había construido canchas de futbol con alumbrado para que los niños jugaran con sus padres tras las extenuantes jornadas de trabajo. Los habitantes de la ciudad pensaban que nunca lo atraparían. Menos en Los Olivos, el barrio donde colgaban marcos dorados con su foto y la gente le rezaba para que la fortuna siempre le acompañara. Los que no le rezaban, era bien sabido, le tenían terror.

Su madre, Hermilda, llegó a identificar el cadáver. Algunos decían que el hombre muerto era Escobar, otros sostenían que no, que Don Pablo había vuelto a escapar. Tras la ira y el pasmo vino el alivio: Hermilda sólo deseaba sosiego, que la locura finalizara para su familia y Colombia, que el dolor y el derramamiento de sangre murieran con Pablo. Al menos ahora, dijo, descansa en paz.

La viñeta, descrita por el periodista Mark Bowden en el libro Killing Pablo (2001), ilustra a plenitud el poder cultural del narcotráfico. Escobar era un asesino nato, capaz de secuestrar mujeres y niños y, sin embargo, también era visto como un Robin Hood región 4, comprometido con su comunidad y dispuesto a ayudar al pueblo. Tras su deceso, como si se tratara de una versión colombiana y masculina de Evita, la multitud de dolientes abrió a la fuerza el ataúd para poder tocarlo. Su tumba, hasta hoy, es una de las atracciones turísticas más visitadas de Medellín. La fascinación rebasa fronteras. En pleno 2015, sea en Coachella o Glastonbury, no es poco común ver a “millenials” orgullosos de portar playeras estampadas con el rostro de Escobar y la leyenda “King of Coke”.

Resulta imposible no pensar en Escobar en estos días. Al momento de escribir esta columna, cientos de miles de “memes” celebran en redes sociales el espectacular escape de Joaquín “Chapo” Guzmán y ridiculizan el gobierno de Enrique Peña Nieto.

Al igual que la Colombia de Escobar, México vive enamorado de la mitología del narco, a la vez que se encuentra secuestrado por el miedo que ésta produce. Más que padecer el “síndrome de Estocolmo” —término que se le da al amor o afecto que un secuestrado puede sentir hacia su captor tras un tiempo prolongado de captura—, México sufre del “síndrome Tony Montana”: glorificamos estereotipos criminales con el mismo encanto hipnótico con el que vimos en los 80 el ascenso y caída de Tony Montana en Cara cortada, la película dirigida por Brian De Palma. El pintoresquismo es divertido, pero no oculta que caminemos con paranoia y cerremos la puerta con triple chapa. Tampoco esconde lo aberrante: el gobierno sigue ahí, incólume, regodeándose en la corrupción.

La broma más siniestra es la consolidación de la narrativa que concibe a los narcotraficantes como “jefes de jefes” que se sobrepusieron a la falta de movilidad social para construir imperios. En nuestro país, la influencia general de la “narcocultura” no se reduce a un montón de adolescentes que juegan Grand Theft Auto y se sueñan criminales mientras escuchan hip hop. Por el contrario, los actos de violencia del narcotráfico son interpretados por cada vez más amplios sectores de la sociedad como ataques a un poder opresivo al que consideran responsable de su pobreza. La gente le aplaude al narco debido a que golpea a un sistema que identifica como corrupto y hostil. En el México de las telenovelas, sólo hay dos caminos para ser rico si se nace pobre: ganarse la lotería o ser reconocido como el hijo bastardo de un millonario. Esa nación ha quedado atrás. Para muchos ingenuos, existe un nuevo “Mexican dream”: nacer pobre y morir “narco”. Esa es la propaganda que mueve a México en 2015. Lo demás son rollos que quedaron sepultados en el túnel por donde escapó el “Chapo”. Es tiempo de cambiar la conversación.

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