Ir
Meseros en peligro de extinción
Mauricio González Lara @mauroforever

Es un hecho que, por lo menos en la Ciudad de México, la labor de atender al comensal dista de experimentar su mejor hora.

El prejuicio —o mejor dicho, la generalización del odio— florece con facilidad alarmante en México. No conocemos el gris: sólo hay buenos o malos, bonitos o feos, triunfadores o fracasados, populares o desconocidos, absolutos sin intermedios posibles. La facilidad con la que se descarta al “otro” no es, como muchos sostienen, producto de la falta de educación, sino de una perniciosa conciencia de clase. Prueba de ello es que los practicantes más apasionados de la denostación se encuentran en la “comentocracia”, ese mundillo conformado por la “intelligentsia” (académicos, analistas) que escribe u opina en los medios de comunicación.

En días recientes, el sector conservador de la comentocracia —ya nos ocuparemos del espectro izquierdista en entregas posteriores— ha tratado de convencer al “México blanco” (es decir, a todos aquellos que componen o aspiran a ser miembros de la clase media alta) que la modernidad del país cuenta con dos grandes enemigos: los maestros y los taxistas que rechazan Uber. Los ataques de los comentócratas se basan en elementos contundentes (¿cómo defender sin reticencias a la CNTE o a los ruleteros del DF?), pero no señalan que existen ciudadanos ejemplares que también desempeñan estas profesiones con honor e integridad. Consciente de que lo que menos necesitamos es otro gremio al cual odiar, pero cansado de soportar la degradación de un oficio que debería ser entrañable, voy a cuestionar a un grupo del que todos nos hemos quejado en algún momento: los meseros.

Es un hecho que, por lo menos en la Ciudad de México, la labor de atender al comensal dista de experimentar su mejor hora. Basta acudir a cualquier lugar ubicado en las calles de Álvaro Obregón o Michoacán para corroborar que los meseros profesionales son una especie en extinción. Lo que tenemos en su lugar son hordas de veinteañeros sin entendimiento del oficio que no planean durar más de dos meses en el puesto. El “McJob” hipster de estos años es servir mesas en un restaurante de moda, de preferencia asiático o de “cocina de barrio”.  Si se corre con suerte, el mesero más o menos conocerá la carta y tratará al comensal con amabilidad; en un día normal, lo más probable es que quede a cargo de una persona que sólo estará concentrada cuando llegue el momento de recibir la propina.

¿Qué fue del mesero de excelencia? En el Distrito Federal “precondechi”, los restaurantes de referencia no tenían miedo de exhibir su talante ampuloso: las sillas eran de madera pesada, las cartas abarcaban varias páginas y sus bares se enorgullecían de ofrecer brebajes como “clericós” y “blanc cassis”. Los meseros le mostraban una deferencia exagerada al comensal, usaban esmoquin con moño rojo y sabían preparar ensaladas César y crepas flameadas. No argumento que estos restaurantes fueran mejores que los que constituyen hoy la columna vertebral del corredor Roma-Condesa-Polanco (algunos, de hecho, eran bastante malos), pero ciertamente se tomaban más en serio el servicio al cliente.

Las cosas no mejoran en sitios más pretenciosos, donde los meseros ejercen una función más cercana a la vigilancia que al esmero. No es exageración: en Astrid y Gastón, por nombrar un restaurante “de élite”, el comensal es escoltado todo el tiempo por un semicírculo de meseros que lo observa con la mirada solemne de un escuadrón de fusilamiento. Sólo un individuo con corazón de burócrata podría confundir este monitoreo con cordialidad.

Algunos  argumentan que la situación es peor en países como Francia o España, donde la atención es seca y cortante. El problema de este pensamiento es que confunde amabilidad con eficiencia: en México los meseros son más afables, claro, ¿pero eso equivale a un buen servicio? Lo que nos lleva a otra hipótesis: somos corteses por las razones incorrectas. Aquí el temor a perturbar a quien nos sirve es tal que toda petición se realiza a manera de pregunta, involucra un diminutivo y termina con “por favor” (“¿Te molesto con unos chilitos, por favor?”). Es como si conceptuáramos que la persona que nos atiende no es un mesero, sino un anfitrión que nos hace un favor al darnos de comer. Es tiempo de volver a dignificar el oficio. El camino más racional para lograrlo: demandar el servicio de calidad que implica una propina generosa.

relacionadas SOHO
Comenta esta nota