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Lou
Julio Trujillo @amadonegro

¿Cómo llamar a una mujer tan provocadora e inteligente que, además de su propio pensamiento, revolucionó las ideas de cada una de las parejas con las que estuvo?

Siempre he tenido problemas con el término “musa”. Si alguien me dice que hace mucho que las musas no lo visitan, le sugiero que se cambie de casa. Y si alguien se refiere a una mujer que lo inspira como su musa, enciendo al menos dos alarmas, la anticursi y la antimacho. ¿Cómo llamar a una mujer tan provocadora e inteligente que, además de su propio pensamiento, revolucionó las ideas de cada una de las parejas con las que estuvo? Pues con su nombre. Lou, por ejemplo.

Lou Andreas Salomé, digamos. Autora de una docena de novelas y ensayos, especializada en psicoanálisis y sexualidad, gran promotora de la libertad y los derechos de la mujer, referente central del feminismo es hoy —con esas credenciales— paradójicamente recordada como la amante y apasionada corresponsal de Nietzsche, Rilke y Freud (entre otros). Tampoco culpemos mucho a la posteridad: Lou Andreas Salomé, desde su feroz autonomía, se trazó exactamente el destino que quiso, como escritora, como amante y como formidable interlocutora.

Desde joven —a los 17 años— volvió loco de amor al predicador alemán (¿ya dije que Lou era rusa, nacida en San Petersburgo?) que le enseñaba teología y filosofía. Cuando éste le propuso dejar a su mujer y casarse con ella, Lou hizo algo que haría muchas veces más durante su vida: rechazó tajantemente la idea de cancelar su libertad por someterse a la de un marido, y se fue a Roma.

Ahí, en un salón literario, conoció al escritor Paul Rée, quien a su vez le presentó a Nietzsche. Sobra decir que los dos se enamoraron estúpidamente de ella. Intentaron, a instancias de ella, ser un threesome de lo más liberal, e incluso proyectaron establecer una comuna llamada “Winterplan”, pero, ¿qué hace el baboso de Nietzsche? Sí: le propuso matrimonio y la ahuyentó para siempre. “¿Qué les pasa a los hombres? ¿Son incapaces de sentir amistad hacia una mujer, sólo saben ser amantes o esposos?”, escribiría ella. El filósofo alemán, amargado, describió a Lou como alguien con el carácter de un gato: un depredador disfrazado de animal doméstico. Partes del Zaratustra, se dice, están dedicadas directamente a Lou. Hay una foto genial en la que ella, sobre una carretilla, reparte azotes a los dos bueyes que tiran del carro: Rée y Nietzsche. Es para admirarla.

Luego, Lou conocería al que sería su esposo durante años: Frederich Carl Andreas. ¿Pero cómo consiguió este hombre doblegar la voluntad de una de las más formidables militantes antimatrimonio que se hayan conocido? De la peor manera posible: amenazó con suicidarse. Y consiguió su mano pero no su cuerpo: Lou jamás se acostó con él. Con quien sí lo haría, probablemente por primera vez, sería con un poeta 14 años menor que ella, Rilke, a quien salvó de la depresión y la locura. “Es necesario morir de mujeres”, le escribió el poeta en uno de los varios poemas que le dedicó. La correspondencia entre ambos es un curso intensivo de poesía, psicoanálisis y complicidad.

La última gran relación de Lou sería con Freud, una relación más en el tono del maestro y la alumna, aunque sospechamos que el viejo vienés también tenía un soft spot por ella (“eres como la navidad”, le confesó). Lou Andreas Salomé moriría sola, en los albores de la Segunda Guerra, en Gottinga, con los perros de la Gestapo esperando para quemar su biblioteca.

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