Firme aquí, por favor

Publicado el día 10 de Julio del 2015, Por Xavier Velasco

Nunca he creído mucho en la unanimidad, y menos en las cartas que uno redacta para que muchos firmen.

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Antiguamente, el abajofirmismo era cosa de intelectuales, políticos y activistas sociales. Un grupo de personas estaba en acuerdo o desacuerdo con cierta situación y pedía el respaldo de unos cuantos notables, asumiendo que sus ilustres firmas contribuirían a dar autoridad y credibilidad a la iniciativa. Todo lo cual suena conmovedor, hasta que uno se pone en los huaraches del prospecto de abajofirmante.

¿Qué pasa, por ejemplo, si no quiere firmar? ¿Se ganará el desprecio, la sospecha, el dedo acusador de quienes hasta entonces le creían compañero de ruta, sólo porque no está totalmente de acuerdo con ellos? ¿Preferirá firmar, para que no le acusen de insolidaridad y discolería? ¿Cuántos de quienes firman lo hacen por compromiso, o en nombre de su imagen, o por mera y estricta conveniencia? ¿Cuántas patrañas bobas somos capaces de sostener por no perder un sitio en la manada?

El problema, decía, se ha extendido al conjunto de la sociedad, por medio de esos santuarios del fariseísmo que hoy en día son las redes sociales. ¿Aldea global, decían? Basta con extraviarse diez minutos en Facebook para mirarse preso de una de esas tertulias domingueras que tanto gustan en los pueblos globeros. Llueven los parabienes, florecen los cumplidos, se siembran toneladas de buenos deseos y se cosecha pura complacencia.

¿Y qué pasa si no respondo los mensajes de la querida tía, o si no estoy de acuerdo con cierto comentario del primito ingenioso que me parece francamente idiota, o si encuentro ridículo que los ex compañeros de la prepa se traten con tamaña ceremoniosidad? ¿Tengo que pretender que no me he dado cuenta del magno campeonato de zalamería que se disputa en esos territorios? ¿En qué momento el que era nuestro amigo de carne y hueso se transforma en un abajofirmante?

En teoría, uno da su opinión al aire libre sin importarle mucho el qué dirán, pero en la práctica ocurre al revés. Se opina “al aire libre”, o sea online, para que haya registro de lo que uno dijo, incluso y sobre todo cuando no es lo que opina, sino lo que tendría que opinar para no distinguirse más que por la vehemencia de su adherencia.

Resulta muy bonito que la gente se diga mutuamente cuánto se extraña y que todos se enteren al instante, pero hay que ver lo útiles que resultan esos comentarios para mejor optar por seguir extrañándonos, antes que cometer la torpeza de un día vernos las caras y acaso descubrir que poco o nada tenemos por decirnos, luego de tantas cortesías huecas que nos han hecho ver como unos papanatas.

Puede uno pasarse largos días persiguiendo las huellas de sus conocidos en las redes sociales, y no por eso conocerlos más. Pues además de amables y correctos, los “amigos” de las redes sociales solemos ser metiches y criticones (por no decir chismosos y exagerados). Si alguien, por ejemplo, nos resulta especialmente antipático, no hay más que ir tras sus dichos en el Facebook o el Twitter para encontrarlo más odioso aún, y acaso hallar el modo de ofenderlo por medio de alguna cuenta anónima.

No es un secreto que la hipocresía encierra alguna dosis de cobardía, y en tanto ello deja la escena lista para la cuchillada por la espalda. ¿Qué pensaríamos de un abajofirmante que se ha cambiado el nombre para dar su genuina opinión? ¿No será que la firma, como tal, ha pasado de moda, junto al supuesto honor otrora concedido a la palabra?

Nunca he creído mucho en la unanimidad, y menos en las cartas que uno redacta para que muchos firmen. Cada vez que me topo con alguna, imagino la escena de una larga tertulia pueblerina, donde el tío poetastro y la prima desentonada se llevan un aplauso atronador y cosechan elogios de todos los presentes, empezando por los que se durmieron. Y está la cuestión: termina uno dormido entre tantas mentiras unánimes. “¿Dónde firmo?”, dirá, sin siquiera tener que abrir los ojos.