Sáquenme de su catálogo

Publicado el día 08 de Junio del 2015, Por Xavier Velasco @XavierVelasc0

Las clasificaciones son de por sí arbitrarias y a menudo abusivas. Cada una de ellas puja por encerrarnos dentro de alguna cierta categoría que se dice incluyente y empieza por excluir la probable opinión del categorizable

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¿Dónde vives? ¿Qué edad tienes? ¿Cuánto ganas? ¿Qué estudiaste? ¿Quiénes son tus amigos? ¿Qué comes? ¿De dónde eres? ¿Con quién duermes? ¿Fumas? ¿Por quién votas? ¿Crees en Dios? ¿Qué música te gusta? ¿De qué signo eres? ¿A qué equipo le vas? ¿Y cómo hacer, al fin, para evitar que una sola respuesta nos deje irremisiblemente cla-si-fi-ca-dos?

Las clasificaciones son de por sí arbitrarias y a menudo abusivas. Cada una de ellas puja por encerrarnos dentro de alguna cierta categoría que se dice incluyente y empieza por excluir la probable opinión del categorizable. El solo hecho de ser anexionado a una colectividad con la cual en teoría comparte uno deseos, manías, afectos o intereses ya supone una clara alevosía, amén de ese prurito de limitar los alcances del prójimo, tan frecuente en los encasilladores.

Somos clasificados a toda hora y en cualquier lugar, sin siquiera tener que dar una respuesta o encarar el rigor de un formulario. Lo de menos, al fin, es qué tanto encajamos en el grupo de gente al que somos adscritos por obra y gracia de la coincidencia, si a quien nos clasifica le es suficiente con juzgarla sintomática. ¿Y no sucede así en los años niños, cuando un breve desliz de originalidad se paga con la burla, el apodo, el acoso, el terror?

Los sitios web están a la vanguardia de la manía clasificatoria. Cada vez que haces clic sobre un enlace, hay un robot que corre a delatarte, con el mustio pretexto de integrar el perfil del usuario, y como es natural “servirle mejor”. Es decir que si a media madrugada el insomnio te lleva a navegar entre tiendas online, y acabas divagando entre datos y artículos que en realidad no quieres ni requieres, en los días venideros serás objeto de un acoso secreto y personal, como lo hacen aquellos marchantes callejeros a los que ingenuamente preguntaste por una mercancía que en realidad jamás te interesó. Al vendedor al fin te lo sacudes, pero el robot no se rinde tan fácil. Según él, te conoce íntimamente. No en balde es primo hermano del viejo Terminator.

Reinhard Heidrich, fétidamente celebre por su contribución al exterminio nazi, ascendió hasta la cumbre de la Gestapo merced a su trabajo de clasificador. Si otros echaban bala por las calles, Heidrich hacía lo suyo colmando los archivos de fichas personales, llenas de información cierta o supuesta (eso era lo de menos), eventualmente útil para manipular, extorsionar, escarmentar o hundir a quien le conviniera. Ya fueran partidarios o enemigos del régimen, los súbditos del Reich temían mortalmente al burócrata infame y sus ficheros.

¿Qué sería de prejuicios, estigmas y calumnias sin una previa clasificación? ¿Y no es verdad que a nadie le preocupa la falta de rigor de ese catálogo? Se nos dice de pronto que la vecina es “de esas que no saludan” y con eso tenemos para darle la espalda cuando la vemos cerca. Será muy arrogante, aventuramos. O a lo mejor tendrá muchos complejos. ¿Y por qué no pensar, ya entrados en sospechas, que anda metida en un asunto turbio? ¿Qué tal que es “una de esas mujeres que acaban siempre mal”?

Nada complace más a un clasificador que poder endilgarte la etiqueta de “típico”. A partir de este punto, no sólo encajarás entre los miembros de un club donde jamás pediste membresía, sino encima serás excluido por los otros, cual si en el piso se marcase una raya más allá de la cual nunca darás un paso. “El típico arribista.” “La típica comehombres.” “Los típicos gorrones.” Típicos mis tompiates, diría yo.

Vive uno muy contento cuando no sabe cómo lo clasifican, pero es aún mejor contradecirles. La gente se mosquea cuando uno contradice su expectativa. Si ya nos incluyeron en el grupo tres, les incomodará encontrarnos en el cuatro, y más aún no hallarnos en ninguno. Y de eso justamente pide uno su limosna. Expúlsenme del club, damas y caballeros. Déjenme reinventarme a sus espaldas. Háganme el gran regalo de desconocerme.