Palabra de ateo

Publicado el día 08 de Junio del 2015, Por Por Mauricio González Lara @mauroforever

A diferencia del grueso de los ateos que conozco, no aborrezco las religiones ni me molestan los grupos que las practican. Por el contrario, cada vez me cuesta más trabajo simpatizar con mi propio talante escéptico.

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Abro plaza con una confesión: soy ateo. Pese a que fui educado durante buena parte de mi vida por religiosos (los hermanos maristas, primero; el Opus Dei, después), o quizá por esa misma razón, nunca he logrado conectar mental o sentimentalmente con la idea de que existe un Dios o una fuerza superior que lleve registro de nuestras acciones en este valle de lágrimas al que llamamos Tierra.

Dicho esto, a diferencia del grueso de los ateos que conozco, no aborrezco las religiones ni me molestan los grupos que las practican. Por el contrario, cada vez me cuesta más trabajo simpatizar con mi propio talante escéptico, en especial cuando veo la fama alcanzada por científicos como Richard Dawkins y Lawrence Krauss, los miembros más prominentes del “nuevo ateísmo”, movimiento que busca exhibir a la religión como un obstáculo para el avance de la humanidad.

En principio, como “no creyente”, los argumentos de los “nuevos ateos” me parecen en extremo contundentes: creer que existe una inteligencia metafísica responsable del diseño del universo y todo lo que hay en él —incluyéndonos a nosotros—, no sólo es insostenible en términos científicos, sino que también funciona como la base de una serie de fundamentalismos que fomentan la intolerancia.  El problema, sin embargo, es la falta de empatía con la que los “nuevos ateos” perciben a las personas que creen en lo divino. “Cuando una persona sufre delirio lo llamamos locura, cuando mucha gente sufre el mismo delirio lo llamamos religión”, señala Dawkins en El espejismo de Dios (2006). El autor apunta con ingenuidad que el vacío creado por la ausencia de la idea de Dios puede ser llenado totalmente por la filosofía y la ciencia: “Una visión del mundo atea sirve para reafirmar la vida en un modo que la religión, con sus respuestas insatisfactorias a los misterios de la vida, nunca podrá serlo. (…) Un ateo verdadero es una persona moral, feliz y plenamente satisfecha”.

Como se retrata en el documental The Unbelievers (Holwerda, 2013), en años recientes Dawkins y Krauss se han alejado del trabajo científico para dar conferencias alrededor del mundo en congresos donde se les trata con un fervor que, irónicamente, recuerda al de las misas oficiadas por gurús evangelistas. Los discursos en estas convenciones de “no creyentes” despiden un tufo motivacional, casi de autosuperación, como si los oradores se dirigieran a un grupo de alcohólicos cuyo primer paso hacia la redención fuera la sumisión total al ateísmo. No me sorprendería que el próximo libro de Dawkins se titulara “Los siete hábitos del ateo altamente efectivo” o algo semejante. Nadie duda de las credenciales científicas de Dawkins —estamos, finalmente, frente al  escritor de El gen egoísta—, pero su obsesión por convencer al mundo de que la felicidad es posible sin sagrados absolutos lo ha transformado en el predicador que él mismo dice odiar.    

De acuerdo: la religión puede ser mala, ¿pero comparada con qué? En el fondo, todos deliramos. ¿Qué es la “felicidad”? Una alucinación, un instante excepcional, un momento fugaz que antecede a otro en el que se necesita más satisfacción. “Nos contamos historias a nosotros mismos para poder vivir”, sostiene Joan Didion, escritora estadounidense, en El álbum blanco (1971). “Las cosas pasan por algo”, “todo se paga en esta vida”, “no hay mal que por bien no venga”, “hasta que la muerte nos separe”, “mientras haya esperanza habrá vida”, “si trabajas duro lo conseguirás”, en fin, no se necesita pertenecer a alguna feligresía para confeccionar un pensamiento mágico que destierre el miedo y nos permita creer que todo va a estar bien. Son, como diría el personaje de Gordon Gekko en Wall Street, cuentos que nos inventamos “para no saltar desesperados por la ventana”.  No podemos concebirnos insignificantes frente al gran estado de las cosas. La idea de morir y que todo continúe es intolerable.

¿Se puede responsabilizar a las religiones de buena parte de la violencia y el retraso de la humanidad? Sin duda, pero esas expresiones de intolerancia se habrían dado de cualquier manera. La ambición y el poder preceden a la idea de Dios. Despreciar a los demás por creer en las narrativas que les impiden darse un balazo en la cabeza, sean o no religiosas, es un acto cruel e inhumano. Palabra de ateo.