Neymar, meu amor

Publicado el día 08 de Junio del 2015, Por María de la Mora @mariadlm1

Un día me encontré decorando un cuarto con una litera; un mueble con 30 balones y 17 medallas, varios posters de Pelé y hasta una figurita de yeso de Maradona sobre el buró.

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Desde siempre, los domingos a medio día me han parecido un tiempo muerto. Un espacio en pausa y de grandes charlas en mi cabeza con las figuras del papel tapiz del cuarto de la tele de mi casa.


De niña, mientras yo le preguntaba qué vestido se me veía mejor a las geishas y los lirios que mi mamá había elegido como inspiración para decorar la sala, mi familia se reunía alrededor de un grotesco —y sin clase— festín de papas, aceitunas rellenas, cervezas claras y refrescos para ver el fútbol.


Nada me parecía más precario. Los gritos de mi hermano y sus amigos, las manos en la cabeza que se llevaban primos y tíos al unísono cuando algo pasaba en la pantalla, las cátedras sobre la pésima técnica Tomás Boy que dictaba mi papá.


Un espectáculo vergonzoso, asentíamos las geishas de la pared y yo.
Jamás le entendí, nunca me interesaron las explicaciones de qué es un tiro de equina y la palabra “centrocampista” siempre me pareció cursi y ostentosa. Si sumo todos los minutos que pasé de los nueve a los 20 años en estado comatoso, comiendo botanas y muriendo lento por la vergüenza ajena, la cifra sería deprimente.


Pasaron los años y un día me encontré decorando un cuarto con una litera; un mueble con 30 balones y 17 medallas, varios posters de Pelé y hasta una figurita de yeso de Maradona sobre el buró.
Nada de tutús, ni un solo disfraz con brillantina en el clóset, ni el mínimo atisbo de rosa alrededor. Para colmo, mi gato (que es gata) se llama Messi.


Mis hijos salieron pamboleros de hueso colorado. De obsesión. De gritos y mentadas de madre mientras ven la pantalla. De llorar y romper muebles cuando su equipo pierde.


Me di cuenta de que se estaban haciendo seres autónomos, el primer domingo que Andrés, el mayor, se sentó en el sillón de la tele armado con una lata de refresco y unas papitas y, sin decir agua va, tomó el control, puso el canal que pasaba el partido y me ordenó: “Sssh máaaa, déjame escuchar la alineación”. Mientras tanto, una película muy dramática pasó por mi mente de principio a fin: sola con mi tutú rosa, abandonada e incomprendida por mis hijos, odiada por mis nueras (en mi imaginación desfilan por mi cuarto de tele con jerseys pegaditos de rayas azules y rojas) y con la única compañía del recuerdo de las geishas de mi infancia.


Así que tomé el toro por los cuernos. Abrí una cerveza de lata, me quite los zapatos y me senté, superconcentrada, frente a la pantalla. Unos 15 segundos de náusea y de pronto una visión. Una absoluta aparición celestial. La meca de toda incipiente cougar. Un apolíneo hecho de y para el placer: Neymar da Silva Santos Júnior.


—¿Y ese quiéeen es?
—Dios, má, ese es el Dios joven.


El Dios joven. Lo atinado de las palabras de mi hijo me dejaron perpleja. 23 años. Brasileño. Y esa cara de “no sé leer pero no me importa” hicieron que me acomodara más derechita en el sillón.
La obsesionada soy yo y las manos me las llevo a la cabeza imaginándome a esa criatura en mi cama. Qué digo en mi cama, en la despensa, el clóset de la vajilla y debajo del coche.


Mi mamá casi vomita cuando, uno de esos domingos de fut, le expliqué por qué domino la tabla de posiciones del Barcelona. Entiendo que Neymar no es Clark Gable, pero hay momentos en los que una prefiere un momento “Yo Tarzan, tu Jane” y dar palmaditas en el hombro a la criatura que aprende a usar los cubiertos a cambio de puro placer. Desde Neymar, en los domingos de futbol y papitas las geishas bostezan menos y sus caritas brillan bastante más.