La esfinge enojona

Publicado el día 08 de Junio del 2015, Por Julio Trujillo @amadonegro

Epicentro de las vanguardias europeas de principios del siglo XX, sin la influencia de Gertrude Stein sería difícil entender en todo su contexto obras como las de Joyce, Hemingway, Bowles, Picasso, Matisse y Picabia

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Una de mis escritoras favoritas del mundo mundial es Gertrude Stein. Me gusta no sólo porque fue una poeta originalísima, siempre con ganas de revuelta, sino por sus poderes de atracción e irradiación, imán y motor, alrededor de los cuales un grupo inestimable de artistas —entre ellos la llamada “generación perdida”— pudo producir sus obras, hoy clásicas.

Stein es recordada mayormente por su incursión genial en la infinita tradición de poetas que le escriben a la rosa, símbolo de la belleza perecedera. Después de Blake, Rilke y tantos otros que buscaron la mejor manera de adjetivar dicho emblema, ella se paró a la mitad del foro y propuso: “una rosa es una rosa es una rosa”. Pum. Esa contundente simplicidad, esa elocuente tautología, sigue pegándonos los cables muchos años después.

Pero Gertrude Stein fue mucho más que esa frase afortunada. Epicentro de las vanguardias europeas de principios del siglo XX, sin su influencia sería difícil entender en todo su contexto obras como las de Joyce, Hemingway, Bowles, Picasso, Matisse y Picabia. Su casa en el París de aquellos años del nuevo siglo XX era conocida como el “Salón Stein”, y ella era tan temida como querida, una especie de oráculo del que nadie quería prescindir. Tal vez ustedes la recuerden en la película de Woody Allen, Medianoche en París, representada por Kathy Bates.

Mujer de armas tomar, pareja inseparable de Alice B. Toklas, quien le inspiraría la redacción de su libro más famoso, La autobiografía de Alice B. Toklas, Stein entendió como nadie su propio momento y lugar en el mundo. Pero sería para siempre una expatriada.

Cuando fue a Estados Unidos en una gira de promoción y visitó Oakland, la ciudad de su infancia, Stein pudo atestiguar la desaparición de su barrio y de su casa, la erradicación de su pasado, y se escribió a sí misma: “write about it if I like, or anything if I like, but not there, there is no there there”. ¿Qué quiso decir con “there is no there there”? Con su conocido recurso de la repetición (cubista al fin y al cabo), Stein quiso decir: no hay tal lugar, y no hay consuelo. Quiso decir: nunca se vuelve al pasado. Quiso decir: todo desaparece irremediablemente. “There there” es una expresión de consuelo en inglés, como nosotros decimos “ya, ya, ya va a pasar”. Pero Stein nos regaña: no, no va a pasar, no hay alivio para el paso implacable del tiempo. No hay un ahí ahí.

Yo creo de verdad que fue un oráculo, una especie de esfinge enojona y adorable a la que se acudía en busca de respuestas. Escribió: “Un huerto de verduras es tan prometedor al principio y luego, poco a poco, no ofrece nada más que verduras, nada, nada más que verduras”. Y si pudieras acudir hoy ante ella, esto es lo que te contestaría: “No hay respuesta. No va a haber ninguna respuesta. Nunca ha habido una respuesta. Ahí tienes la respuesta”.
Búsquenla en un conocido cuadro de Picasso de 1905: es pura determinación, mira fijamente a su interlocutor y parece decirle con severidad: “there is no there there”.