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Let's dance
María de la Mora @mariadlm1

A final de cuentas, la música es el telón de fondo. Lo que recuerdas en lo profundo tiene más que ver con lo que sonó en tus oídos que con lo que sucedió en realidad.

Me casé de blanco y todo. Con vestidazo y guirlandas de astromelias. El plan de producción nos llevó siete meses y, a juzgar por las fotos, las 500 personas que asistieron la pasaron bomba.

 

Yo no me acuerdo de mucho, todo me pasó como en fast forward, incluido el señor que estaba a mi lado diciendo “sí, acepto”. Lo que sí recuerdo es, en una imagen en cámara lenta, el momento en el que mi mejor amigo, gay declarado desde que teníamos 14 años, se acercó al DJ, le dijo algo al oído para después caminar pausado hasta mi señorial mesa de novia y, frente a todos los invitados, me sonrío como si no existiera otra mujer en el mundo y me extendió la mano.

 

“Friday night and the light are low… looking out for the place to go”. No hay muchos detalles memorables de aquel día, pero no olvido tener la extraña sensación de algo muy parecido a un orgasmo de felicidad. Un orgasmo sin sexo, acompañado de un hombre vestido de azul clarito y corbata de moño.

 

Bailando pagaditos con música de Abba de fondo. Esa noche, mi recién estrenado esposo ni me tocó. Y ni falta hizo porque yo en la cama seguía dando vueltas de gozo, visualizándome colgada de su cuello, dando vueltas como la perfecta Dancing Queen.

 

¿Sexy? Nooot. Ni tampoco romántico. El efecto que produce la música en las mujeres, tiene que ver más con la magia que con la carne, las palabras o las expectativas. Nos gusta sentirnos reinas y bailar con quien así lo entienda. Ahora, si un hombre además de coronarte, sabe seducirte, entonces es cuando suenan, en tu mente, los oboes de la Oda a la Alegría.

 

Richie y Antonio Machín lo entienden y a mí me lo hicieron ver en Cuba, cuando tenía 13 años y mis papás dijeron que ir a Cuba y entender La Habana era mucho más importante que la raíz cuadrada y el núcleo nominal. Así que fuimos. Y, después de muchos yogures (mejores que los belgas, decía mi papá), niños pidiendo lápices en la calle y paseos en el malecón, apareció Richie, un mulato de 17 años, metro ochenta y ojos verdes. No les voy a contar que fue amor, sino su necesidad imperante de conseguir un ventilador gratis y la mía de ahorrarme otra noche de alabanzas a Castro con mi papá en el bar del Hotel Riviera (comiendo yogures).

 

Así que accedí: me escapé al Delirio y “El Manisero” de Antonio Machín hizo el resto. Ahí también me sentí reina con su cucurucho de maní. Mi papá me dejó de hablar por dos semanas y Richie y su familia siguieron sofocados con el calor durante ese y los veranos siguientes.

 

De esas vacaciones me quedaron dos cosas: la aversión al yogur y la convicción de que la música puede definir el guión mucho más que las palabras; más cuando de amor y sexo se trata. Y esto para bien o para mal, porque así como puede ser una gran celestina, también puede ser traicionera. Ya que tanto bailando, como haciendo el amor, poco se puede esconder.

 

Como el novio con quien tras prometernos amor eterno sobre las olas de Mazunte y, después, descalzos en la arena y con toda la atracción sexual del universo congregada en un instante, nomás no jaló: arritmia, pisotones y narices que chocan. El “I can make your storm feel sky blue”, de N.E.R.D, no hacía más que recordarme que estaba a punto de cumplir 40, que tenía dos hijos y que por muchas flores en la cabeza que me pusiera, nada, ni la música más sexy del mundo iban a difuminar eso al día siguiente.

 

O como cuando se me hizo que aquel fotógrafo de tatuajes y proyectos en África terminara en mi cama. Y no hicimos más que repetir videos de YouTube de Jovanotti y beber litros de cerveza: y al calor de “mi fido di te” nos hicimos íntimos amigos que jamás intercambiarán fluidos corporales.

 

Lo que me lleva a hoy, que estoy considerando seriamente la propuesta de enamorarme sin pensar y juntos decidir el color de las paredes de una nueva casa que jamás podremos pagar, ni tampoco reunir las palabras para explicarle esta tremenda locura a nuestros prepubertos hijos. Y, aunque mi cabeza grita que no, Nina Simone está a punto de convencerme mientras canta “I wonder what’s wrong with baby… My baby just cares for me…”.

 

Let’s dance… Porque siempre tendremos la música para llorar de arrepentimiento.

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