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La tiranía del misionero
@mxsoho

El escritor Xavier Velasco nos habla del mueble que le falta al misionero para llevar más lejos su misión, y cumplirla además como Dios manda.

¿Y a usted, en qué postura lo engendraron?” Más que una indiscreción o una falta de tacto, parecería una pregunta tonta. No solamente porque probablemente ni los autores mismos del desaguisado —nuestros queridos padres— sabrían o querrían confesárnoslo, sino porque de acuerdo a las costumbres imperantes, la mayoría de los que nos llamamos “civilizados” fuimos procreados desde la predecible postura horizontal. Él arriba, ella abajo, ya sea por la buena o por la mala.

 

No digo que sea incómoda. Y menos aburrida, válgame Dios. Ciertamente, le debe uno a la muy socorrida postura del misionero varios de los mejores y menos olvidables momentos de su vida. Ahora bien, nadie ha dicho que la comodidad sea el objetivo de la pasión amante, aunque cierto es que en más de una ocasión asume uno la horizontalidad siguiendo los dictados de la premura y desoyendo el grito de la imaginación. “¡Órale ya!”, nos apremia el instinto, incluso si en el fondo a uno le consta que esta clase de prisas se resuelven mejor con cierta calma chicha.

 

¿Alguien recuerda aquella película de los hermanos Coen —Quémese despues de leerse— donde el erotómano Harry Pfarrer, interpretado por George Clooney, va y viene con una suerte de almohadón rígido, diseñado en la forma de un triángulo escaleno? Pues bien, como gran parte de los castos espectadores difícilmente supo imaginar, no se trata de un coadyuvante ortopédico, ni de un soporte lumbar para tirarse a ver la televisión. El objeto de marras, Ladies & Gentlemen, viene a ser nada menos que el mueble que le falta al misionero para llevar más lejos su misión, y cumplirla además como Dios manda.

 

Los hay no solamente triangulares, sino también redondos, cuadrados, ondulados y de otras caprichosas configuraciones. Pues si el colchón se hizo para dormir, y en tal sentido su funcionamiento es irreprochable, esta suerte de mobiliario pasional fue creado con el claro objetivo de darle gusto al íntimo apetito y eventualmente perpetuar la especie. Y aun si a buen seguro habrá degenerados que los usen para medirse en el Play Station, la gran aportación de estos magnos inventos tiene que ver con un asunto erótico de la más acuciosa trascendencia: la variación del ángulo.

 

REIVINDICANDO LA POSICIÓN DEL MISIONERO

 

Cualquiera que algún día se haya sumergido en la lectura e implementación del Kama Sutra sabrá de la importancia de la geometría. Vamos, que diez graditos de inclinación en el punto de acceso pueden muy bien hacer la diferencia entre satisfacción y gloria. Por no hablar de los ángulos visuales, que asimismo permiten a los participantes disfrutar de esa clase de panorámicas que en principio sonrojan, por obscenas, pero después inflaman, por eso mismo; y más tarde vuelven a la memoria como escenas idílicas donde éramos colosos, más que amantes, y el placer parecía, como el amor en el viejo poema, “una lámpara de inagotable aceite”. Y en fin, Ladies & Gentlemen, que esas cosas calientan.

 

Entre los comerciantes que promueven estos innovadores accesorios —Liberator shapes, los han bautizado, con un curioso aire bolivariano— se habla de autoridades religiosas que no sólo permiten, sino además encomian su usufructo (argumento quizás contraproducente, toda vez que una firme condena de la Iglesia sería un estupendo argumento de venta). A este respecto abundan quienes creen, muy románticamente, que la pasión salvaje y desatada hace que crezcan alas en las espaldas de los amantes, pero pocos ignoran, una vez que los ángulos favorecen la empresa de la cópula épica, que en estas circunstancias a ambos les crecen cuernos de los buenos, amén de despedir aromas francamente sulfurosos.

 

Insisto: nada tengo contra los buenos oficios del misionero. Pero de ahí a imponer la zona de confort a despecho de toda osadía tiene que haber alguna lujuriosa distancia. Una cosa es confort, otra conformidad. Pues si en la antigüedad la gente hacía sus cosas en la alcoba, ya va siendo hora de que un hogar decente pueda contar con su buen cogitorium: esa estancia sagrada donde se hace de todo, menos, Dios no lo quiera, tirarse a dormir.

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