Ir
¡Pinches críticos!
Mauricio González Lara @mauroforever

El Festival Internacional de Cine de Guadalajara obligó a Mauricio González Lara a reflexionar en torno al lugar actual de quienes se dedican a criticar las producciones nacionales y extranjeras.

Hace unas semanas se celebró la edición 30 del Festival Internacional de Guadalajara (FICG), evento que funciona como un escaparate para mostrar la producción más reciente del cine nacional e iberoamericano.

 

Desde hace algunos años, el FICG provoca una dinámica doble en redes sociales. Por un lado, una buena parte de los críticos de cine que cubren el festival se dedican a quejarse del nivel ínfimo de las películas proyectadas, sobre todo las nacionales. Aunque muchos juran no volver, casi siempre todos regresan bajo el argumento de que necesitan estar informados de lo que pasa en la industria cinematográfica mexicana (así produzca pura mierda, la mayoría de las veces). En el extremo opuesto se encuentran los involucrados con el proceso creativo o la distribución de los filmes exhibidos. Para ellos, los críticos son el origen de todos sus males (“¡pinches críticos!”, suelen decir), ya que en lugar de apoyarlos por el simple hecho de producir cine en México (labor, aceptemos, casi heroica), se dedican a la descalificación burlona. Hay trabajos que concilian a ambos bandos —Los insólitos peces gato, por ejemplo—, pero son casos aislados y poco frecuentes.

La percepción negativa hacia el crítico no se limita solamente al círculo festivalero. La audiencia general desprecia cada vez más la labor de este personaje. Es más, la crítica verdadera, la que aspira a analizar una película, está a punto de desaparecer del llamado “mainstream”. Los medios de circulación masiva que cuentan con alguien que pueda escribir un texto ambicioso sobre cine son ya estricta minoría. Es una profesión devaluada: por lo menos la mitad de la gente que escribe en periódicos y revistas sobre cine no cobra por lo que hace, sino que se contenta con recibir invitaciones a premieres o aceptar el ocasional viaje con gastos pagados a un junket de prensa (todo a cambio de manufacturar reseñas de cinco líneas que rematan con una calificación basada en números, colores o estrellitas). Sólo los cinéfilos más intensos le manifiestan todavía alguna clase de deferencia al crítico cinematográfico. Por eso es tan risible la postura de los creadores mexicanos en los festivales: a estas alturas, es más probable que la recomendación del cajero de Cinemex tenga más influencia en el público que la crítica negativa de un analista fílmico. No son pocos los que ven esto con simpatía, e incluso sostienen que la horizontalidad en la generación de influencia es una dinámica deseable y natural en estos nuevos tiempos mediáticos.

 

Tanto antagonismo es un error: la desaparición del crítico profesional es un fenómeno que debería preocuparle a todo aquel que disfrute de la narrativa audiovisual, pues implica la degradación del goce que asociamos con la experiencia cinematográfica (no sólo del que asociamos con las mal llamadas “salas de arte”, sino de todo el cine que conocemos). Hace algunos años, tuve la oportunidad de preguntarle a Jorge Ayala Blanco, quizá el analista fílmico más respetado de México, para qué servía un crítico de cine. Sin grandilocuencia, el aún colaborador de El Financiero respondió: “La crítica sirve para prolongar e intensificar el placer del cine. ¿Para qué otra cosa podría servir? El crítico es un compañero de butaca con el que puedes platicar y establecer una complicidad inteligente. Quiero creer que a mí me hubiera interesado leer las notas que hoy escribo cuando tenía 18 años. Me gusta pensar que escribo para el joven que yo fui”.

 

La labor del crítico profesional no está bien entendida. El crítico no es —o por lo menos, no debe ser— un fantoche que ejerce el oficio en aras de masajear su ego y erigirse en un juez mamón que dicta lo que debemos ver. Tampoco debe ser visto como un espejo con el que acreditamos opiniones y refirmamos certezas. Al contrario, como un detective experimentado, un buen crítico revela aspectos que quizá habíamos pasado por alto y nos permiten saber que no estábamos frente a un delito menor, sino ante un crimen diseñado por una mente maestra. La crítica de cine debe disfrutarse en función de un fin perfectamente egoísta: la generación de placer. Si el “cine es mejor que la vida”, como dijera Emilio García Riera, ¿por qué prescindir de sus analistas más avezados?

relacionadas SOHO
Comenta esta nota