Tarjeta amarilla: Stay High

Publicado el día 09 de Abril del 2015, Por María de la Mora

¿Coger siempre estando pacheca? La verdad es que no, por la misma razón por la que no viajo a París todos los meses, ni tengo 50 obras de arte en la pared, ni descorcho champagne si no es mi cumpleaños. Lo bueno, hay que racionarlo.

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Soy una pacheca tardía y, cabe mencionar, bastante amateur. Y eso que tenía material para ser de esas que llevan su bolita de hash y su papel de arroz en la bolsa desde los 13 años, pero la verdad es que fumé mi primer flaco el mismo año que a mi hijo se le cayó el primer diente.

 

Pink Floyd, chimenea, resina de cedros y una enorme y envolvente nube de marihuana. Así crecimos mi hermano y yo. Con un papá de barba cerrada, huaraches y cientos de libros, y una mamá que decidió ser mejor persona cuando recorrió Oaxaca en una Dart K, leyendo a Fernando Benítez y comiendo peyote. Quizás por eso me tardé en probar. Por eso y por intentar hacer homenaje a la niña del Regina que siempre he llevado dentro, pero que con los años se ha ido retrayendo un poco.

 

Cuando cumplí 36, viajé con un amigo a Sayulita una semana, con la consigna de volver al DF con el guión de una película en el que llevábamos trabajando desde recién graduados de la universidad, terminado y bien pulido. Y sin huiro, la misión era imposible. Al menos eso dijo él y yo, con mi bikini de flores y mi niña del Regina, obedecimos sin objetar.

 

Después de 300 gramos, dos paquetes de papel de arroz y siete manzanas agujereadas con una pluma Bic, volvimos a casa, no sólo con el guión, sino con tres canciones compuestas y un estatus en nuestra relación que hasta hoy no sabemos cómo definir.

 

De ahí, pal real. Eso sí, liando churros siempre con la consigna de la creatividad. Infalible Moleskine en mano, pidiendo a gritos que alguien del grupo escriba lo que se dice, se ve, se escucha, se llora y se ríe, jurando que de esas noches (que con los años se han ido haciendo mañanas, tardes y semanas enteras) sale, sino un Oso de Berlín o un Grammy, al menos la constatación de que no somos ni tan del montón, ni tan cojonudos.

 

ESTIMULADOS PARA CREAR

 

Jamás me he dado a la tarea de leer a posteriori las supuestas genialidades producto del THC. Pero ese estatus indefinible que se generó mientras, sentados en la arena bajo una luna que jamás habíamos visto, escribíamos el diálogo entre Madame Zaza y el estudiante provinciano de aquel guión que jamás cobrará vida, con esa nuevísima sensación de dilatación infinita: de energía electrizante, de ver muchísimo más allá de lo evidente y de una fluidez que limita en lo obseno, desembocó en nueve horas del mejor sexo que jamás se haya tenido.

 

Calculamos nueve porque después hicimos cuentas, pero fue uno de esos momentos que bien pudo haber durado nueve minutos o nueve años. Quién sabe y a quién le importaba. Ritmo, sudor, una humedad que redefinía la feminidad y una extraña percepción de abundancia en la piel que me hicieron olvidar el concepto romántico del amor para reinventarlo con cada orgasmo. En un recóndito rincón de mi mente, mi niña del Regina se lamía los labios como queriendo comerse a sí misma.

 

¿Y desde entonces coges siempre pacheca? Me preguntó hace poco mi amigo de toda la vida con quien escribo y me acuesto de vez en cuando. La verdad es que no, por la misma razón por la que no viajo a París todos los meses, ni tengo 50 obras de arte en la pared, ni descorcho champagne si no es mi cumpleaños. Lo bueno, hay que racionarlo.

 

Cuando en las películas, por no decir en la vida real, los funcionarios públicos responsables de regular el consumo de sustancias que nos permiten salirnos, por un momento infinito, de nuestra limitada versión de nosotros mismos, presumen orgullosos jamás haberlas consumido, me acuerdo de esos momentos en los que le digo a mis hijos que se pongan el suéter cuando yo tengo frío.

 

En pleno puente que gozamos gracias a aquel oaxaqueño que dijo aquello del respeto al derecho ajeno, me retiro a llenar mi pipa de cristal amarillo en forma de colibrí. Lástima que no tengo a mi lado a quien quiera perderse entre mis piernas, mientras limpio los coquitos.