El negocio del remiendo

Publicado el día 22 de Abril del 2015, Por Xavier Velasco

El remake consiste en vender lo mismo con el mínimo riesgo. Coprofagia, se llama al acto de digerir lo que otro previamente digirió.

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“Si no está descompuesto, no lo arregles”, reza el sabio refrán. No obstante, son legión los expertos en descompostura y descomposición. Prueba de ello es el rarísimo prestigio de que aún goza el término remake. Probemos traducirlo al español: ¿quién diablos se interesa en comprar como nueva una rehechura vil? ¿De qué puede estar hecha, quiero decir rehecha, sino de remiendos?

 

Todos lo hacemos, cuando somos niños. Desarmamos, rompemos, parchamos el avión hasta que ya no tiene alas ni ruedas, y decimos entonces que es un cohete espacial. Luego nos apropiamos de historias, fantasías, trucos y personajes que hemos visto y nos han impresionado, de manera que el truco podrá ser primitivo, pero igual sirve para entretenernos.

 

Es un juego de niños, no le hace falta ser original, complejo o verosímil, pues ya de entrada cuenta con la complicidad de los participantes (que estarán muy de acuerdo en que una escoba sea un caballo, un cíclope o un hipopótamo, si así se les ofrece).

 

Verdad es que las cosas se desgastan. Los chales de mi abuela, por ejemplo, difícilmente pasarían por nuevos, menos aún novedosos, incluso y sobre todo si me da por parcharlos y remendarlos. Una buena comedia de hace medio siglo nos hará menos gracia que a sus contemporáneos, toda vez que esos chistes han sido repetidos, emulados y echados a perder año tras año, hasta hacerse lugares comunes. De pronto, sorprendidos, apreciamos audacias en el guión que en su época debieron de causar escándalo. Hasta que un día llega un productor urgido de rehacer sus finanzas y decide embarcarse en un remake.

 

La rehechura de una historia bien hecha no suele actualizarla, sino justo al contrario: le da sepultura. Pues antes de eso le da mala fama, porque el remiendo al fin va por la vida usurpando el título del original, caricaturizando su argumento, y en resumen borrando su paso por el mundo. Una cosa es que aquél luciera envejecido, otra muy diferente que volviera a nacer idiotizado. Como bien lo explicó María Conesa: Mejor mi vejez dorada que tu juventud de mierda.

 

Ahora bien, no todas las rehechuras son actualizaciones. ¿Alguien tuvo la pena de ver tanto la original inglesa como la perversión americana de una película que lleva por nombre Muerte en un funeral, filmadas con dos años de distancia? Si la primera es graciosa, inteligente, divertidísima, la segunda resulta no sólo insulsa, obvia y estúpida, sino además un crimen contra la primera. ¿Necesito decir, por otra parte, cuál de las dos fue la más promovida?

 

El de las rehechuras es un negocio que se anuncia fácil. Si una historia tuvo éxito en el pasado, lo probable es que vuelva a funcionar. Se trata, en suma, de vender lo mismo con el mínimo riesgo.

 

Aunque no sea lo mismo, ni se acerque siquiera, con tal de que contenga los ingredientes apenas necesarios para hacer funcionar la receta y, publicidad mediante, supere los ingresos del original. Nada que un fabricante de mercancía pirata no sepa cómo hacer.

 

Mención especial merece el caso de las telenovelas, donde lo que treinta años atrás ya era cursi, anticuado y ridículo se vuelve a maquilar en alta definición, de modo que esos y otros atributos luzcan aún más nítidos y exagerados, mientras afuera el tiempo sigue pasando, corre el siglo XXI y ni quién se dé cuenta.

 

Tan sólo imaginemos que algo así sucediera en la literatura: un escritor de escasa imaginación y ancha codicia decide reescribir El retrato de Dorian Gray. Sus editores lanzan una campaña millonaria y al poco tiempo el libro —una vil porquería que se promueve como “graciosa” y “atrevida”— se convierte en bestseller. Si quieren mi opinión, habría que linchar a esos gaznápiros.

 

Coprofagia, se llama al acto de digerir lo que otro previamente digirió. Cada vez que me acerco a una rehechura, me queda la impresión de que compré un paquete de carroña envuelto en etiquetas suculentas. Con la pena, perdonen el mal aliento.