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La senda del transformer
Xavier Velasco @XavierVelasc0

Con el trabajo que les ha costado transformarse en quien aún suponen que querían ser, difícilmente van a prestar oídos a la lengua sensata de un aguafiestas. Pues todo lo contrario: se verán desafiados a radicalizarse.

“Soy como quiero ser”, insiste la canción, pero algunos abusan. Lo cual suena muy bien, qué más quisiera yo que ser más y más yo, en armonía perfecta con mi canija gana. Ser mi propio proyecto y autoconfigurarme tanto como se me hinche la vanidad. ¿Quién me dice, no obstante, que al cabo de unos años ese engendro egocéntrico seguiré siendo yo, y no una trampa artera de mis chuecos antojos?

 

El problema de ciertos autoconfigurados es que no suelen ver mucho hacia afuera. Tanto les entretiene esa monomanía de ajustar su persona a su voluntad que acaban ajustando su percepción. Es decir que lo que ellos miran en el espejo poco tiene que ver con la imagen que vemos los demás. Y ni modo que en adelante se suelten canturreando “soy como creo ser”, si de lo que se trata es de ganar confianza en uno mismo.

 

Sucede con los junkies de la autoayuda, que entre mejor se sienten más terapias encuentran. O entre quienes alcanzan una fama gratuita e instantánea y nunca más regresan a la Tierra. Hay incluso quienes pasan un tiempo en otro país y vuelven convertidos en neoforasteros, armados de un acento de pacotilla que los convertirá en vergüenza de propios y hazmerreír de extraños.

 

Claro que no se enteran, y pobre del que intente hacerles el favor de ponerlos al tanto del despropósito. “Es envidia”, dirán, entre piedad, soberbia y rabia contenida. Con el trabajo que les ha costado transformarse en quien aún suponen que querían ser, difícilmente van a prestar oídos a la lengua sensata de un aguafiestas. Pues todo lo contrario: se verán desafiados a radicalizarse.

 

No están solos, por cierto. Y menos todavía si se valen de aliados estratégicos que encuentran beneficio en sus mutaciones. Como sería el caso del cirujano estético: ese escultor del ego cuyas obras lucen siempre inconclusas a los coquetos ojos de una clientela nunca satisfecha. Por más que la nariz apenas cincelada le parezca a su dueño una obra maestra, queda aún la quijada salida, la papada incipiente, las bolsas en los párpados y las patas de gallo, para empezar. Y queda un montón de años, para colmo.

 

¿Cómo saber que al cabo de un lifting redentor quedaremos mejor que como estábamos? Si preguntamos a los habitués, probablemente nos hablen de precios: lo ideal es que nos salga lo más caro posible. No es un gasto, dirán, sino una inversión. Una vez realizada la carnicería, serán ellos quienes más nos adulen. Y uno, que dejó ahí el importe de incontables placeres preferibles, pondrá todo su esmero en convencerse de que el desembolso ha valido la pena.

 

Verdad es que una leve corrección quirúrgica puede operar milagros en la autoestima del acomplejado, pero a menudo basta con descubrir el mágico recurso para engolosinarse fatalmente. No importa en realidad a cuántos bisturíes haya sobrevivido la epidermis de un obseso quirúrgico, si lo que le desvela es todo lo que siempre queda faltando. “Otra blefaroplastia”, promete el cirujano a su mejor cliente, “y verá usted ahora sí qué diferencia”.

 

La diferencia la notamos todos, pero nuestros modales no nos dejan hablar. Cuchicheamos, si acaso, a espaldas del Godzilla adolescente en que se ha transformado la tía Matusalenia desde su última cita en el quirófano. Y ella, que lo ha hecho todo por el qué dirán, se solaza en el intercambio de cumplidos entre sus amistades amantes del cuchillo. “¡Matu, qué bien te ves!”, exclaman con tramposa admiración, mientras los niños corren a esconderse.

 

De todas las transformaciones concebibles, no hay una más deseada que la que nos convierte en multimillonarios. Es decir que si yo ando por la vida presumiendo una jeta de cartón y hay quienes me confunden con el Guasón de Batman, menudearán también quienes me juzguen rico, y en tanto ello apolíneo y rozagante. O eso querré creer yo, y será suficiente. “¡Cochinos envidiosos!”, pensaré de los otros, y no habrá un solo gesto que me delate.

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