El creativito

Publicado el día 26 de Marzo del 2015, Por Mauricio González Lara

El “creativito” cree que es especial por trabajar en la publicidad o alguna esfera cultural, pues parte de la asunción de que la creatividad es una profesión a la que sólo se accede si se cuenta con las amistades correctas y se posee cierta sensibilidad estética, erudición pop y un aspecto cool.

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Pocas cosas me dan más desconfianza que una persona que se autodefine como creativa. Obviamente no me refiero a los individuos que desdoblan una notable capacidad de invención u originalidad en sus vidas, sino a los que se describen como “creativos” cuando alguien les pregunta a qué se dedican. Abro pista formalmente con una confesión: mis amigos más cercanos son diseñadores, mercadólogos o publicistas —“creativos”, pues—, por lo que intentaré precisar para que no me agarren a patadas la próxima vez que los vea: odio el “mito del creativo”, no al “creativo” en sí. Es más, para evitar confusiones, en lo sucesivo denominaré al receptáculo de mis críticas como “creativito”.

 

Un poco de contexto: la Organización de las Naciones Unidas (ONU) acuñó el término de “industrias creativas” para referirse a aquellas actividades que “tienen su origen en la creatividad individual, la destreza y el talento y que tienen potencial de producir riqueza a través de la generación y explotación de la propiedad intelectual”. El pronunciamiento era una forma de señalar que entrábamos a una era del conocimiento en donde la creatividad se impondría a los valores de la era industrial en todas las áreas del desarrollo humano, y no sólo en algunos sectores.

 

El “creativito”, sin embargo, cree que es especial por el simple hecho de trabajar en la publicidad o alguna esfera cultural, pues parte de la asunción falsa de que la creatividad es una profesión a la que solo se accede si se cuenta con las amistades correctas y se posee cierta sensibilidad estética, erudición pop y un aspecto cool. Absurdo. Un buen contador puede desplegar más creatividad que un mal publicista o un cineasta mediocre. La diferencia: la creatividad del contador sólo puede ser apreciada por aquellos que cuentan con pericia técnica y cierto conocimiento de las finanzas empresariales; la de los otros, en cambio, está expuesta a audiencias más grandes.

 

Como consecuencia directa de lo anterior, el “mito del creativo” produce monstruitos infumables que desprecian a todos aquellos que no se ajustan a su talante fantoche. Botón de muestra: la burla recurrente del “creativito” al empleado “Godínez” para dejar claro —clarísimo— que a diferencia de ese desgraciado oficinista mecanizado de mal gusto y dinero limitado, él es un campeón que no responde a directrices tan vulgares como seguir un horario, trabajar en un cubículo de proporciones infames, comer arroz con huevo estrellado en fondas económicas, vestir trajes de Sears o viajar en transporte público. Carajo, entiéndanlo, ¡él es un creativo! Por eso es que nunca deja pasar la oportunidad de recordarles a sus seguidores en Twitter que, además de siempre contar con una opinión sobre las tendencias artísticas más vanguardistas, es un profesionista exitoso que despliega su talento en multiples áreas de avanzada, que van desde la publicidad hasta el storytelling y el brand journalism.

 

El “creativito” se ufana de no codearse con oficinistas grises que le impidan generar ideas, por lo que siempre se presenta como independiente o alternativo, así trabaje en una empresa que le demande ir todos los días a checar tarjeta (“estoy como consultor creativo, pero es temporal”, afirma). Si el agua no se mezcla con el aceite, ¿por qué obligarlo a convivir en una jaula con animales incapaces de entender su imaginación desbordante?

 

Nada de lo que hacen los “creativitos” es particularmente trascendente: ya en el límite de sus capacidades se dedican a actividades tan inerciales como “curar” blogs con contenidos reciclados de otros lados o a “tropicalizar” campañas ideadas en el extranjero.

 

Ignorante de sus carencias, el “creativito” termina siendo victima de su propia arrogancia. Una vez que los corren a causa de un recorte o una cagada mayúscula (como el esposo infiel que sube fotos de su amante a Facebook, el “creativito” no puede evitar quejarse en redes sociales del mal gusto de sus superiores y clientes), la mayoría ingresa al negocio familiar o acepta un empleo más burocrático.

 

Una minoría, la más lanzada, prueba suerte como freelance o con un negocio propio. No sin antes, claro, presumirnos su discutible libertad.