Paren de mamar

Publicado el día 03 de Abril del 2015, Por María de la Mora

Armados con accesorios cargados de logotipos, dientes muy blancos, copa en mano y un abanico de lugares donde él ha estado y “tú deberías de estar” se consideran súper ingeniosos, galantes, de mundo y no paran de dar cátedra siempre.

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En cierto sentido, todos somos mamadores. O al menos lo hemos sido. Prendados, ya sea a los pezones de nuestras madres o a un biberón, abrimos los ojos al mundo, por primera vez, para darnos cuenta de que había que aferrarse a algo, literalmente, para sobrevivir. Y mamamos sin parar hasta hacernos más grandes.

 

El tema es que muchos bebés cumplieron 30 o 40 años y siguen mamando. Y desgraciadamente en esta ocasión no me refiero a las benditas artes del cunnilingus, sino a la patética manía masculina de justificar su existencia, como consecuencia de su incapacidad para vivirla.

 

No sé si es mi intolerancia creciente (por entrar a los 40, cada vez menos gente me cae bien y la mecha se me ha hecho bien corta), o si de plano el mamador se puso de moda…

 

Pero, Dios, cómo abunda este perfil masculino. Están en todos lados y no importa si no han cumplido los 30 o si se acercan a los 60, me los topo en juntas de trabajo, bares, comidas familiares y hasta en Apps para ligar. Y no paran de mamar.

 

Hablan sin parar y muy fuerte, alardean, manotean y gesticulan tan grotesca como innecesariamente; esos son los síntomas inequívocos del mamador, esa subclase del género masculino que necesita agarrarse el paquete con las dos manos para decir “ya llegué”.

 

El mamador siempre se acerca a su presa (en su mente) porque no conoce la prudencia, la sensatez y la dignidad. De buen gusto, evidentemente ni hablamos. No importa que estés hablando con alguien más, claramente absorta por la lectura o embobada viendo a otro hombre del otro lado del salón. El mamador cree que esperas a que se te acerque. Justamente porque es el mamador de la fiesta.

 

Se ríe sonoramente, irrumpe de forma abrupta tu valioso espacio personal y dice, siempre, alguna pendejada carente de toda gracia y sin el mínimo ápice de destreza mental.

 

Sus punch-lines generalmente involucran un halago corriente y sobado, un chiste sexista, una frase vulgar o un guayabazo. Lo peor es que se atreven a creer que te conocen y tienen el secreto de lo que necesitas.

 

Armados con accesorios cargados de logotipos, dientes muy blancos, copa en mano y un abanico de lugares donde él ha estado y “tú deberías de estar” (porque eres tan guapa que cómo es posible que jamás te haya visto en el Contramar o La Buena Barra o El Carlota…), se consideran súper ingeniosos, galantes, de mundo y no paran de dar cátedra siempre. Inmamables.

 

El mamador es el que cree que porque estás de buen ver pero te divorciaste o eres soltera, necesitas un “camote”; el que en algún momento de la conversación (porque ellos creen que eso es una conversación) abren la cartera; el que te cuenta que le pasa una muy buena pensión a su ex mujer “por agradecimiento… porque es la mamá de mis hijos, ¡faltaba más!”; el que te acompaña a tu coche mientras recibe una llamada para que te des cuenta de que tiene otro plan; el que te dice que mereces un gran hombre (considerando que para él, él es ese gran hombre y tomando en cuenta que de ti sabe sólo tu nombre y si tienes el pelo corto o largo).

 

El mamador quiere que bailes, sin importar la música que suena. Y es imparable. Cree que necesitas una niñera y te pide un drink, con la misma facilidad con la que te cuenta los que llevas.

 

Si eres un mamador, por favor para de inmediato. No te cuelgues de nosotras para justificar tu existencia: los tiempos de tu lactancia quedaron muy atrás. Acéptalo y por piedad, deja de mamar. Si no puedes: cómprate un chupón de marca y succiona hasta que se quede chato. Pero en lo que a mí respecta, just fuck off.