Las razones de Onán

Publicado el día 26 de Marzo del 2015, Por Xavier Velasco

En un tema tan controvertido, la vergüenza no sólo persevera con el paso del tiempo, sino que encima de eso se agiganta. Si en el adolescente había la disculpa del candor, para el hombre maduro sólo quedan las burlas, el asquito y la conmiseración.

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¡Niño! –saltaba la abuelita espeluznada, nada más asomarse a la recámara y descubrir al nieto adolescente a la hora de poner en juego su prepucio– ¡Deja eso, que te vas a quedar ciego! "¿Y si le sigo hasta que necesite lentes, abue?", clamaba el labregón, acaso sin siquiera detenerse.

 

Diríase en el colmo de la desvergüenza. Y uno, con trece años de vida y mucha galanura por perder, se carcajeaba ya del chiste aquél, como si para nada le atañera. Peor todavía, como si no temiese que cualquier día de estos, tal como lo anunciaban más o menos en broma quienes decían conocer del asunto, despertaría con un pelo en la mano.

 

Según mi profesor de biología, podía uno descubrir a un masturbador por su interés vivísimo en los temas sexuales, por su constante estado de ensoñación o por ese prurito irresistible de rascarse a toda hora la entrepierna. Manías en tal modo generalizadas que apuntaban a la totalidad de los presentes, de ahí que uno pusiera su atención no tanto en descubrir a los miembros del club Mano Amiga, como en tratar de ahorrarse la humillación de ser descubierto.

 

Según los iniciados, habituados a hablar en tercera persona porque nunca son ellos sino "un amigo" quiene experimentan con esas cochinadas, no bastaban la palma y el buen ritmo para hacer las delicias del onanista, pues algunos, los en verdad cochinos, se ayudaban con un buen trozo de bistec y un poco de cold cream, por aquello de los efectos especiales.

 

"¿Qué es lo más vergonzoso que te ha pasado?", se interrogaban varios cuarentones mientras jugaban al dominó.

 

"No lo puedo decir", exclamó el último, cuando ya los demás habían confesado sus mayores bochornos, entre las risotadas generales. Una vez perseguido y arrinconado por el festivo morbo de uno y otro amigo, tuvo el interpelado que resignarse:

 

"Ajem", carraspeó al fin, con la vista en el suelo?. Lo más vergonzoso fue cuando mi mamá me encontró masturbándome en la sala.

 

"¡Bueno, no es para tanto!", buscó tranquilizarlo el primero que pudo sofocar la risa. "Esas cosas le pasan a cualquier adolescente".

 

"Pues sí", lamentaría de vuelta el abochornado, "pero a mí me pasó hoy en la mañana".

 

Es decir que "en un tema tan controvertido" la vergüenza no sólo persevera con el paso del tiempo, sino que encima de eso se agiganta. Si en el adolescente había la disculpa del candor, para el hombre maduro sólo quedan las burlas, el asquito y con alguna suerte la conmiseración. Más de uno lo critica ?por degenerado?, pero asimismo habrá quienes opinen que hay que dejarlo en paz, el pobre está muy solo.

 

¿Cómo explicar, entonces, la popularidad de los vibradores? ¿No es verdad que los hay de variados tamaños, texturas, precios y prestaciones? ¿Será que la masturbación femenina es de por sí discreta y pudibunda, mientras que la del hombre resulta descarada y repugnante? En todo caso, no es una inquietud nueva. Hace diez años ya que el empresario Koichi Matsumoto fundó en Japón Tenga Inc, la compañía que al día de hoy ha comercializado más de veinte millones de aparatos masturbadores para el hombre que no lo tiene todo. Los hay aparatosos y portátiles, lavables y desechables.

 

Es difícil, de sólo contemplarlo en el aparador, adivinar para qué sirve un Tenga. Más difícil será decidirse entre los diferentes modelos sin el consejo de los vendedores, pero en estos asuntos raro es el puñetero que no se las ingenia para hacerse con el bien codiciado, así se le derrita la cara de vergüenza o tenga que rentar algún buzón postal.

 

Echo la vista varios años atrás y me miro en el puesto de periódicos: trémulo, sudoroso, con los ojos clavados en la revista que todavía no me atrevo a pedir. ¿Qué no habría dado aquel treceañero tímido y candente por algo cuando menos similar a un auténtico Tenga? ¿Cuántos, entre tantos millones de clientes satisfechos, lo habrán probado antes de los dieciocho? Tocaría decir algo así como ?qué asco?, pero seamos francos: qué envidia.