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No soy una señora
Soho Mexico

Ser una señora, entiendo, es el término que encierra a una mujer que: 1) se casó, y por la Iglesia, 2) tuvo a bien procrear, 3) posee una propiedad a su nombre, 4) cuenta con un séquito de apoyo doméstico y 5) ya no se acuerda bien de lo bien que se sentía tener 20 años.

Pocos golpes hay en la vida de esos que duelen de verdad. Muy pocos, en serio. Que un amigo te cuente que alguien no quiere salir por unos mezcales contigo porque eres "una señora", pega hasta sacar las lágrimas. ¿Cómo que una señora? Qué, ¿acaso estamos en Downton Abbey?

 

Entiendo que hay ciertas cosas que a los 40 una ya no se debe permitir. O sí. Pero para marcar la frontera primero hay que entender el significado de la palabreja y las implicaciones que vienen con ella. Pongo un ejemplo: mientras el tipo con el que salgo considera que el suéter que uso esporádicamente desde hace algunas semanas es "muy de mamá del colegio Americano" (perfecto para alguien como yo, según muchos, y que, sin embargo, a él le revierte la erección), mi amiga de la oficina considera que una micro falda de lentejuelas (muy bienvenida por él) es "demasiado blond ambition para una mamá como tú". Entonces, ¿en qué quedamos?

 

Que confusión. Como si con la muy personal (y mayúscula) crisis de la mediana edad no fuera suficiente, una tiene que lidiar con el peso de las expectativas que implica cargar con el título de señora. ¡Una señora! Que alguien por favor me defina esa palabra. Ser una señora, entiendo, es el término que encierra a una mujer que: 1) se casó, y por la Iglesia, 2) tuvo a bien procrear, 3) posee una propiedad a su nombre, 4) cuenta con un séquito de apoyo doméstico y 5) ya no se acuerda bien de lo bien que se sentía tener 20 años. 

 

De esas cinco yo le pego a dos y aún así la gran mayoría de la gente con la que establezco alguna clase de diálogo utiliza el mentado sustantivo para referirse a mí. No es que me moleste el término, nada más me resulta tan vacío y extravagante como impreciso. Quizá por eso me siento igual de incómoda cuando "parezco señora", como cuando sucede todo lo contrario. Digamos que pertenecer al género a la fuerza te hace quedar mal para donde lo mires: o aburrida y sosa, o inadecuada y víctima de la crisis de la edad.

 

Otro ejemplo: si en la redacción de esta revista comparto que voy a ir a Coachella, como respuesta recibo una sonora y muy burlona carcajada grupal (sí, son mucho más jóvenes que yo), pero si voy a la fiesta de Navidad, así normal y recatadita, entonces obtengo un "¿Por qué vienes disfrazada de monja si no es Halloween?". Entonces, ¿cuál es el protocolo de un título tan rimbombante?

 

Cuando estás atrapada bajo el yugo de un término tan decadente como démodé y tratas de encajar, en el intento te conviertes en un híbrido inadaptado que no es ni de chile ni de manteca: demasiado formada como para perder la cabeza, pero incapaz de adecuarse a un rol que, por chico o grande, nomás no queda a la medida.

 

Me imagino que a ustedes les pasa lo mismo cuando cumplen 50 y dejan de pagar la hipoteca porque un viernes la comida con los compadres terminó a bordo de un Jaguar XF turbo recién salido de la agencia. O, cuando, con todo derecho por cierto, cambian de modelo de novia por una exuberante güera unos años más joven. Yo estoy con ustedes. A quién le importa, si no le estamos quitando nada a nadie. Y ser un ?señor? tiene, al menos para mí, connotaciones bastante más esenciales que nada tienen que ver con agencias de coches o novias que podrían ser sus hijas. No necesariamente, al menos.

 

"Señorita", suelo responderle a meseros, cadeneros y taxistas, con la inevitable risita entre coqueta e irónica que viene de vuelta. Ese sustantivo, tan vacío e impreciso como el otro, pero que al menos me da ciertas licencias.

 

Mismas que este año voy a explotar sin complejos, en festivales de música electrónica, flamante con mi peinado de salón de señora de las Lomas.

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