Hablando de vejestorios

Publicado el día 24 de Marzo del 2015, Por Soho Mexico

Una mañana llegué al tianguis del Chopo con la cajuela llena de mi colección de discos. ?Los estoy rematando?, repetí. Unas horas más tarde no me quedaban más de cincuenta. ?Van a subir de precio?, me advirtió algún amigo previsor, pero se había hecho tarde.

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Hasta donde recuerdo, yo nunca salí en busca de un fonógrafo. Cierto que eran bonitos, pero de ahí a cambiar el moderno tocadiscos en estéreo por aquella antigualla destemplada tenía que haber alguna distancia. Por lo demás, el tocadiscos era pura magia. La sola idea de prescindir de él habría sido entonces intolerable.

Nunca alcancé a entender cómo una simple aguja podía reproducir tantos sonidos al pasar por encima de un acetato, menos con semejante exactitud, pero igual me rompió el corazón enterarme de que un disco jamás volvía a sonar igual que cuando nuevo, toda vez que sus surcos se iban erosionando al paso de la aguja que ganaba calor a cada vuelta. Nada que uno lograse distinguir a la segunda, sexta o centésima oída, a menos que pudiera comparar el acetato usado con uno nuevo, y entonces dar un salto desconsolado y preguntarse qué le pasó a su música.

Si el LP ya parecía mágico, el arribo del CD fue como un vendaval de brujería. Solamente ponerse unos audífonos y esperar el inicio de la música, sin el famoso hiss que se daba por hecho en cada grabación, originaba un pasmo entre receloso y reverencial. ¿Cómo, cuándo y de dónde salía ese silencio tan perfecto? Costaba concebirlo en mitad de los años ochenta, cuando la mayoría de las computadoras eran no más que aparatos exóticos manejados por hombres de bata azul.

¿Qué le pasó a mi colección de discos cuando fueron llegando los compactos, primero de uno en uno y a la postre en montón? Nada, literalmente. Rara vez una aguja de tornamesa volvió a pasarle por encima a alguno. Si un día fueron motivo de mimos y cuidados especiales, pronto se hicieron fama de estorbosos: serían algo así como 1,300 y ocupaban el sitio de, por ejemplo, un par de ataúdes.

Había por entonces quienes, con alguna tacaña cautela, gastaban solamente en un compact disc si esperaban oír muy buena música. De otro modo compraban un LP, como aceptando ya su condición de gema desechable. Pues en principio los compactos eran caros y escasos, había que ir de tienda en tienda en busca de uno lo bastante bueno para justificar el desembolso.

Una mañana llegué al tianguis del Chopo con la cajuela llena de reliquias redondas. ?Los estoy rematando?, repetí varias veces en busca de clientela, luego bastó el gentío en torno a la vendimia para atraer decenas de curiosos. Unas horas más tarde no me quedaban más de cincuenta, mismos que regalé a quien se dejó con tal de completar la inhumación. ?Van a subir de precio?, me advirtió algún amigo previsor, pero se había hecho tarde: tiempo de ir a comprar unos compactos.

No sé ni me interesa cuánto podría valer aquella colección. Fue más que suficiente con liberarme de ella, que año tras año se había vuelto mi verdadera propietaria. Lo recuerdo muy bien hoy que no sé qué hacer con tanto
compact disc ?ignoro cuántos sean, perdí la cuenta cerca de mil quinientos y he olvidado la última vez que los acomodé por orden alfabético? la mayoría disponibles en mi cuenta de Spotify, sin más trámite que unos poquitos clics.

¿Qué debería hacer? ¿Rematar mis cds? ¿Esperar a una ola de improbable nostalgia que los haga valer más que su peso en plástico? En todo caso, haría cualquier cosa menos caer en la trampa de volver a comprar un LP, por más que las maltrechas compañías disqueras y el ánimo añorante de quienes no vivieron bajo la tiranía del acetato pretendan convencerme de volver a hallar magia en la aguja y el hiss.

Verdad es que este show de la añoranza es muy conmovedor. Da ternura mirar a esos coleccionistas que pagan dinerales a cambio de acetatos nuevos o usados y corren a su casa a disfrutarlos. Me han regalado un par: no tengo dónde oírlos. Cada vez que los veo, siento la tentación de usarlos como frisbee. Si alguien los quiere, apúrese a llevárselos.