¿Por qué tan serios?

Publicado el día 26 de Marzo del 2015, Por Mauricio González Lara

Hoy más que nunca necesitamos del humor. No sólo como bálsamo escapista, sino como una herramienta clave para aspirar a la lucidez y la sanidad mental. Como una forma de resistencia, incluso. Burlarse de la realidad es la mejor manera de neutralizar a las fuerzas opresoras que conspiran contra nosotros.

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Es un fenómeno que contradice los supuestos elementos sustanciales que configuran el alma mexicana: pese a que en teoría somos un pueblo que se ríe de todo y de todos –al punto en que, nos dicen algunos intelectuales con alma de psicólogos, la misma muerte nos provoca sonoras carcajadas–, la nación azteca se ha convertido en un bebé quejumbroso al que nada le hace gracia.
 
Todo nos molesta, todo nos duele. Ya ni siquiera hay que pellizcar al niño para perturbarlo; basta con mirarlo feo o llevarle la contra para que estalle en lágrimas. No nos faltan razones para llorar, desde luego: los saldos de Ayotzinapa, la "Casa Blanca" de la Gaviota, el casi nulo crecimiento económico, la violencia ascendente, entre otras vergüenzas, son motivos suficientes para no levantarse de la cama. Refugiarse en la solemnidad, sin embargo, es un error.
 
Hoy más que nunca necesitamos del humor. No sólo como bálsamo escapista, sino como una herramienta clave para aspirar a la lucidez y la sanidad mental. Como una forma de resistencia, incluso. Burlarse de la realidad es la mejor manera de neutralizar a las fuerzas opresoras que conspiran contra nosotros.
 
En palabras de la escritora rusa Ayn Rand: "quien ha perdido el sentido del humor, lo ha perdido todo". No siempre fuimos una bola de amargados. A lo largo del siglo pasado, por ejemplo, el humor corrosivo se manifestó con efervescencia en el campo de la caricatura. México era tierra de grandes moneros.
 
De los cartones de Abel Quezada en Excélsior a las Historietas de La Jornada (hogar del Santos y "Los Gachos y el Evenflo"), sin obviar a personajes como Rius o publicaciones más antiguas como El Hijo del Ahuizote, abundaban ejemplos de humor contundente y mordaz. Amén de filiaciones ideológicas, las caricaturas de los diarios eran filosas y desternillantes. 
 
Actualmente, en cambio, sobran los dedos de una mano para contar a los moneros que ejercen su oficio con vocación de hilaridad. Más que invitar a la reflexión, el cartón político de estos años tiene la función panfletaria de reafirmar certezas y solidificar animadversiones. 
 
El panorama es todavía más triste en otros campos de expresión. Incluso productos que se presentan como sátiras salvajes terminan siendo grises y aburridos. Véase el caso de la cinta mexicana más taquillera del año pasado: el aspecto más impactante de La Dictadura Perfecta, de Luis Estrada, no es su denuncia de los poderes fácticos o su supuesto desparpajo crítico, sino lo poco divertida que es. 
 
En México, hasta los homenajes de los iconos cómicos derivan en solemnidad. Botón de muestra: lejos de ser una celebración llena de risas y aplausos, la ceremonia luctuosa de Chespirito fue un desfile de lágrimas y cursilería que llevó a la audiencia al filo del coma diabético.
 
El único frente donde el humor parece estar liberado de las cadenas de la ñoñez y la corrección política es el digital. Las redes sociales están repletas de predicadores que no dudan en pontificar sobre el "deber ser" a la menor provocación, de acuerdo, pero también son una arena donde el individuo puede compartir expresiones caústicas sin el temor de ser crucificado en la plaza pública. 
 
Por cada santurrón existe un terrorista. Los "memes" –término acuñado por el teórico evolutivo Richard Dawkins ahora usado para describir una idea, concepto, situación o pensamiento manifestado "viralmente" en Internet– cumplen con la función humorística que antes se asociaba con la caricatura política. 
 
Se puede acusar a los "memes" de fatuos, estúpidos y olvidables, lo son, pero lo cierto es que detonan una risa primaria que se transforma en vinculación y desahogo. Como quedó evidenciado en 2014, se han convertido en una extraña forma de despresurización colectiva. 
 
Algunos "memes" reafirman actitudes y prejuicios, pero casi siempre se mantienen ajenos al corsé que ahoga la comicidad de la aplastante mayoría de los contenidos del mainstream. Seamos honestos: es más probable que soltemos una carcajada con la enésima versión del "meme" de Hitler burlándose de la metida de pata más reciente de Enrique Peña Nieto que con el show de un "estandopero", o peor aún, con la nueva cinta de Eugenio Derbez.