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¿Importa que se acabe el año? (Parte II)
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Revisar con cuánta confianza hemos vivido este año también constituye un ejercicio útil. Pregúntate si eres capaz de confiar en tu valía y en tu derecho a ser amado y cuidado. O si vas por el mundo devaluándote. O culpándote de todo porque no te perdonas ni un error.


El final del año es el momento idóneo para la gratitud: quiénes fueron las personas que te acompañaron, que creyeron en ti y en tu talento, que te consolaron cuando te sentías miserable, que te regalaron momentos de felicidad porque te quieren como eres. La gratitud es una virtud práctica que puede ejercitarse diciendo "gracias", mandando una carta, regalando una planta, un libro o mejor: tu tiempo. Hay que tener esa lista de personas en la bolsa del pantalón como medida de supervivencia. Cuando pienses que no le importas a nadie, la sacas y se acaba un poquito el drama-ficción.

Encontrar cuál fue el propósito o el sentido de un año es imposible. Sirve más fijarse en los pequeños detalles: detenerse, observar y empezar a contar historias para combatir la sensación de que el año se fue volando, de que fue horrible o maravilloso o tormentoso. Para no volver del recuento un acto simplón, carente de la densidad necesaria para que de verdad nos diga algo. Contar que la vida nos estrujó y jaloneó en todas las direcciones. La vida que a veces (en marzo) parecía una montaña empinadísima y que quizá 4 meses después, se volvió una planicie más cómoda. 

Ser contadores de historias es fundamental para cerrar ciclos, años, relaciones. ?No sé qué pasó? es la frase del distraído, del negador. ?No entendí nada?, las tres palabras favoritas de quien no quiere entender nada, del que prefiere pensar que por causas misteriosas, se jodió el amor, una relación laboral o lo que sea

Solo quien es capaz de contarse la historia de las cosas que va viviendo puede hacer relatos espesos, densos de significado, que incluyan en lo posible una visión amplia y con perspectiva. 

La antítesis de ?no sé qué pasó y no entendí nada?, es regresar sobre los pasos, reconstruir los momentos, saber en dónde nos equivocamos, saber lo qué nos dolió específicamente, en dónde o con quién fuimos felices y con qué está conectado. Si no tienes la habilidad para hacer esto con tus propias vivencias, estás un poquito jodido. El significado no solamente existe en el presente sino también en la memoria y en la reflexión. Volver a lo vivido: para estirar la felicidad, para no equivocarse en lo mismo, para aprender de los errores, o por lo menos para fallar menos estrepitosamente. 

Revisar con cuánta confianza hemos vivido este año también constituye un ejercicio útil. Pregúntate si eres capaz de confiar en tu valía y en tu derecho a ser amado y cuidado. O si vas por el mundo devaluándote. O culpándote de todo porque no te perdonas ni un error. O todo lo contrario: defendiéndote de la cercanía y de la posibilidad de confiar. Porque dejarse caer en los brazos de la vida, es quizá el único modo de vivir un gran amor, o de armarla en grande en la chamba o con  los hijos o con los amigos. El que se defiende y desconfía sistemáticamente, se marchita.

Al final del año también vale la pena armarse otra lista: la de los miedos. El miedo universal es a fallar: a que los sueños, las ilusiones y los deseos, se trunquen. Si yo pensara todos los días como pienso los lunes (que la vida es una porquería, que mis errores exceden y aniquilan mis talentos, que vivir es muy difícil, que para lo único para lo que sirvo es para pagar cuentas), comenzaría a beber vodka a las 9 de la mañana. 


El único camino para enfrentar los miedos es seguir haciendo lo que nos gusta, lo que amamos, confiando en que las cosas solo pueden mejorar. Así, en modo optimismo desaforado, es la única forma de seguir caminando.

Contarnos la historia con valentía, incluyendo nuestras imperfecciones, es un camino rudo pero dorado para conectar con el alma, apaciguarla y poder alcanzar después a los demás; darles la mano, verlos a los ojos y decirles: soy imperfecta y sé que puedo amarte a pesar de eso. Y sé que me puedes amar a pesar de eso. La autenticidad no falla jamás y es la única forma de relacionarse íntimamente. 

Mostrarnos como somos sin tanto miedo de que nos vean, libera y ayuda a crecer. La vergüenza y el miedo a no ser suficiente es el mayor obstáculo para comenzar un año nuevo con energía. Reconocernos que a pesar de no tener garantías nos tiramos de cabeza a la vida, simplemente para vivirla, debería ser motivo de orgullo. 

Aceptar nuestra vulnerabilidad, nuestras limitaciones, nuestros errores, nuestras imperfecciones es un camino para empezar el año nuevo con menos angustia, menos expectativas  y un poco más de libertad. 

Vale Villa es psicoterapeuta individual, familiar y de parejas
Citas y contacto: valevillag@gmail.com

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