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Simpatía por el Grinch
Soho Mexico

Consumismo al por mayor, reuniones obligadas y la presión familiar son algunas de las razones por las que Mauricio González Lara siente desprecio por la época navideña.

A contracorriente de las sofisticadas pautas de conducta social que declaran como vulgar e irritante ??naco?, pues? a todo aquel que disfrute las fiestas populares, admito sin ningún pudor que me encanta celebrar todo aquello que huela a tradición o día oficial. ¿Existe algo más intoxicante que el consumo continuo de pozole y mezcal que antecede al grito del 15 de septiembre? ¿Acaso no suenan más vivos los mariachis a lo largo de la madrugada del 16? ¿Alguien podría hacerle el feo a un pan de muerto con chocolate? ¿No se ven más atractivas las amigas en la fiesta de disfraces de Halloween que hacemos pasar como Día de Muertos gracias a ofrendas mal puestas y el cambio del ?trick or treat? por el término ?calaverita??

Las celebraciones tradicionales son como ir a un estadio de futbol: lo de menos es el deporte, lo importante es beber con los amigos y echar desmadre. Nada más. Expuesto esto, se podría pensar que alguien como yo adora las fiestas navideñas, tanto la cena del 24 de diciembre como todas las posadas y reuniones que la anteceden. Todo lo contrario: odio la Navidad.

En primer término, fechas como el Día de la Independencia o el Cinco de Mayo se presentan como puntos de fuga cuya celebración surge de manera relativamente espontánea. Sólo un loco o una persona muy solitaria planea con semanas de antelación una fiesta de Halloween. 

Las pachangas decembrinas, en cambio, imponen su carácter de compromiso inminente durante casi todo el año. No son un escape, sino una obligación. La Navidad no empieza en diciembre, sino en agosto, cuando WalMart y Costco empiezan a desplegar estantes repletos de adornos de Santa Claus y arbolitos sintéticos. 

El delirio de compra llega a un clímax anticipado a mediados de noviembre con el Buen fin, la versión mexicana del Black Friday. Para extrapolar el frenesí, el gobierno y algunas empresas adelantan el aguinaldo para beneficiarse de los tres días de ofertas del Buen fin. El resultado: centros comerciales repletos de familias excitadas por villancicos y carteras llenas a más de un mes de la Navidad. 

Con el aguinaldo agotado, el jefe de familia se endeudará sin inhibiciones en diciembre ?sea para financiar la cena de Nochebuena, sea para fondear el viaje familiar a Acapulco?, lo que redundará en que sea uno de los miles de mexicanos que visitan el Monte de Piedad durante los primeros días de enero. La ruta crítica es inevitable. 

No importa qué tanto se conmine al individuo a ser más responsable, el ?Dios proveerá? se impondrá irremediablemente.

Otro factor de peso antinavideño es la forma en la que nos obliga a convivir con personas que detestamos
sólo por mantener unas buenas relaciones públicas. Las comidas de fin de año con proveedores, clientes y aliados potenciales se apilan de una manera tan aplastante que uno termina por realizar el maratón Guadalupe-Reyes con personas casi siempre antipáticas a las que se tolera en aras de no ?perder la chuleta?. 

Lo mismo aplica con los colegas de la empresa, pero con un riesgo adicional: los sentimientos, vibras y enconos acumulados tienden a configurar un coctel molotov que se estrella en la comida navideña de la oficina. El tamaño de la explosión está en función del alcohol ingerido. Peleas entre vendedores, contadores que se desnudan al ritmo de la Macarena, jefes lloricas que te declaran su amor paterno, secretarias que amanecen con un condón en la oreja, en fin, la oficina más conservadora y prudente puede convertirse en Gomorra si el flujo de tragos es abundante y abarca más de tres horas.

Finalmente, quizá el plano más odioso de la Navidad sea el familiar. La presión es múltiple: peleas entre parejas para decidir a qué familia toca visitar en Nochebuena, incomodidad entre invitados que solamente se ven en las cenas de año nuevo, cartas sofisticadísimas a Santa Claus de niños consentidos que ignoran que su papá vive al día, familiares que buscan tardíamente una reconciliación, conductores borrachos que creen que la gracia de Dios los llevará sanos y salvos a su destino, y un muy largo etcétera.

Navidad, odiosa Navidad. ¿No están convencidos? Visualicen la Ciudad de México con miles de coches disfrazados de renos. Si aún existe amor en su corazón, algo terrible sucede con ustedes.

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