¿Importa que se acabe el año? (Parte I)

Publicado el día 24 de Marzo del 2015, Por Soho Mexico

Yo creo, casi religiosamente, en el poder de hacer un alto total cuando se termina un año. De tomarse unos días de silencio para pensar, confesar, enfrentar. Y creo que ese ejercicio de verse de frente es la semilla de un pequeño pero sustancial cambio evolutivo en el año que empieza.

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Sí y mucho, aunque para algunos solo signifique un cambio en el calendario y una evidencia de la relatividad del tiempo porque, por ejemplo, los años nuevos para las diferentes religiones ocurren en diferentes fechas. Para el mundo cristiano, el año se acaba con el calendario. Como con todo, podemos aplicar el modo cinismo y pensar que cerrar un año no significa nada. O también utilizar la negación y ser incapaces de hacer un recuento sencillo frente a la espejo y tener la valentía de decir cosas como éstas: 

- Fui un patanazo, patanaza? con esa persona. 

- Fui mezquino con mi familia o con mis amigos. 

- Mentí, decepcioné, traicioné. 

- Fui frívolo en momentos en los que se requería empatía y generosidad. 

- Fui incapaz de liquidar una relación amorosa jodida y ya nada amorosa, por miedo a la soledad o por miedo a lastimar al otro/otra.  

- Trabajé mediocremente. 

- No ahorré lo que había planeado. 

- Subí 10 kilos. 

- Me bebí todas las botellas de vodka que tuve a mi alcance, sin pensar en mi hígado ni en el funcionamiento de mi cerebro. 

- Fumé millones de cigarros porque la dopamina es la onda. 

- Dije me duele la cabeza, estoy cansado, esta noche no: por egoísmo, por venganza, por creer que el sexo es chamba y no una fiesta. 

- Pospuse enfrentar problemas, crisis, malentendidos, creyendo que sin nombrarlos, podría hacerlos desaparecer. 

Esta lista de terror lo es intencionalmente. Porque confrontarnos es lo que menos hacemos cuando se va terminando el año. Porque no ser condescendiente ni laxo para evaluar quiénes hemos sido en los últimos 12 meses, requiere de mucho valor. 

La aceptación de los errores no es azote autoinfligido, pese a que aceptar nuestra dosis de miserabilidad duela o lacere un poco el alma. 

Solemos pensar que los otros son insensibles, superficiales, incapaces de generosidad o empatía, estúpidos, torpes. Mira a los otros, carentes de disciplina, de rigor para hacer bien las cosas, etc. Y mirar a los otros tiene la función maravillosa de proyectarles toda la basura que cada uno tendríamos que asumir, si tenemos aunque sea unas pocas ganas de ser una micra mejores el siguiente ciclo del año.

Es que, además, los gurus pop de la felicidad, se pasan: perdónate, eres maravilloso como eres, el cosmos y tú son uno mismo, todo pasa por algo, nada es para siempre, comprende, ama a la hormiga, al árbol, a tu amigo el mar. Así, en la onda Jodorowsky hay tantos y tantas que, para ganar popularidad, nos dicen lo que nos encanta escuchar: que somos una maravilla por el simple hecho de existir. 

No podría estar más en desacuerdo. La maravilla de nuestra humanidad no surge de una chaqueta esotérica y cuasi religiosa de que casi somos un pedacito de ?Dios?. Lo fantástico de ser humanos es ser capaces de caer muy bajo y levantarnos de ahí, pero primero aceptando que no somos hermosura y perfección. Que estamos llenos de vicios emocionales, de pensamientos de rivalidad, venganza y destrucción. Que no somos mucho mejores que nadie, aunque a veces nos dé por pensar que somos muy buenas personas. 

En México tenemos, por desgracia, cientos de historias de maldad cotidiana. Millones de malos circulando por las calles del país, matando gente, aniquilando la vida libre y pacífica de las ciudades, desollando personas, mutilándolas en pedacitos. Y tenemos gobiernos, militares y partidos políticos que son tan malos como los malos oficiales. 

Y ellos nos sirven para pensar que nosotros somos buenos. Los buenos somos más, leo por aquí y por allá en las redes. Yo no lo sé. No sé si somos más los buenos que todos esos súper malos o solamente somos mediocres. Es que el mundo dividido en buenos y malos es un tremenda estupidez.

La cosa está así: el fin del año es un gran momento para verse a uno mismo y dejar de ver a los demás. Para hacer el corte de caja de lo que construimos o destruimos. Para hacer matemáticas y saber cuántas pérdidas contra ganancias en el terreno de la humanidad o de la deshumanización. 

No caeré en la tremenda ingenuidad de pensar que cada quien construye el México que quiere, al margen de los gobiernos corruptos. Existimos en esta realidad, azotada por la ilegalidad, el crimen y la omisión del estado para protegernos y garantizar la justicia y la igualdad ciudadana. En este contexto existimos, ni dudarlo. Nomás no nos confundamos y no nos dejemos de ver por solo mirar el mapa grande que es el país, el gobierno, los carteles, los secuestradores o simplemente los otros que no son yo, como depositarios de todo el mal 

Yo creo, casi religiosamente, en el poder de hacer un alto total cuando se termina un año. De tomarse unos días de silencio para pensar, para confesarse cosas, para enfrentar la fragilidad, la tristeza, el enojo, la maldad, el egoísmo. Y creo que ese ejercicio de verse de frente es la semilla de un pequeño pero ?quizá? sustancial cambio evolutivo en el año que empieza. 

Si alcanzamos a huir a ratos de la vorágine de compromisos navideños y de fin de año, podremos pensar y planear algunos cambios para el 2015. Nada épico. Las pequeñas cosas. 

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa
Citas y contacto: valevillag@gmail.com