Selfies: El espejo son los otros

Publicado el día 10 de Mayo del 2015, Por Soho Mexico

Hubo un tiempo en que te veías al espejo, fantaseabas con la fama o con ganar un concurso de baile. Tal vez ensayabas caras, besos, peinados, actitudes despreocupadas que te hacían verte seguro. Hoy, el espejo son los otros.

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Para entender la forma de relación vía selfie, los modelos teóricos tradicionales parecen no servir. A principios del siglo XX, todo era explicado desde la represión de los instintos; años después, desde las rigidez de las defensas que utilizamos para combatir la ansiedad. Luego, desde los objetos internos con los que teníamos pobre diferenciación, y entonces el ciclo de tropezarse siempre con las mismas piedras, repetir argumentos, personajes y desenlaces del pasado en el presente. 

Estas teorías dejaron de ser útiles para entender el exhibicionismo que puede (o no) explicar la compulsión al selfie (vocablo inglés que describe una foto que alguien se toma a sí mismo) que es contarle a un mundo indiferenciado lo feliz que soy, lo divertida que estoy en una fiesta, lo sexy que puedo ser acostada en mi cama, a media luz.

Varias preguntas para la reflexión: ¿A quien se le comparte lo que se comparte? ¿A todos y a nadie? ¿A alguien en particular como parte de un proceso de seducción focalizado? ¿A un público fantaseado de amigos de Facebook o seguidores tuiteros.

En la práctica clínica, el discurso más escuchado del que sufre se refiere a sentimientos de vacío: carencia de objetos internos y no más una invasión de los mismos. Los pacientes hablan de falta de dirección, de sentir que ya no hay cosas lo suficientemente valiosas que guíen sus vidas. Y a eso vienen a terapia: a encontrar un poco de significado.

Compartir una foto de uno mismo es un modo nuevo de existir y de encontrar sentido. ¿En qué estarán pensando quienes se toman fotos compulsivamente o cambian el avatar de Twitter una vez (o más) a la semana? ¿Qué los mueve, en dónde estaban, en quién piensan cuando se autorretratan? Quizá es un acto de seducción, de autoafirmación, de decirle a todos (y a nadie): existo, confírmenmelo, no me olviden o desapareceré. 

Hipotetizo que las selfies se toman en un estado de vacío, soledad o de apremiante necesidad narcisista de confirmación. Dependiendo de la intensidad con la que se usen, puede hablarse o no de un vacío de self. 

Fotos, fotos y más fotos como gritoniza que proclama: existo, soy bello, soy feliz, soy deseable, soy activista, bajé 10 kilos, me gustan mis senos, puedo hacer caras chistosas; una confirmación del self en modo de favoritos o likes; un intento de reafirmar que se es admirable y valioso para conseguir la aceptación de la masa que, como dijo Ortega y Gasset, suele ser estúpida.

El espejo son los otros. Las fuentes de gratificación narcisista están afuera y no adentro. Antes bastaba con verse al espejo y gustarse. O salir con amigos o galanes potenciales y recibir algún piropo. Hoy la necesidad de los otros como espejo se ha vuelto voraz y un poco triste también, porque cuando uno tiene que gritarle al mundo que se gusta, que es feliz, que está enamorado? algo no ha terminado de cuajar con solidez en el mundo interior. Las experiencias vitales más profundas y significativas suelen ser privadas, pudorosas e íntimas. 

Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Mientras más se comparte, menos filtro al hacerlo; mientras más exhibicionismo, menos mundo interior que satisfaga al self, que es nada menos que el núcleo del yo. 

Cuando somos distintos en lo público a los que somos en lo íntimo podemos hablar de falso self. Un self diseñado para ser agradable, o políticamente correcto o incorrectísimo, o sexoso, o liberal, o trangresor. Todos sabemos que es un juego, aunque a veces el falso self ?el personaje? se come al yo, que después ya no sabe existir sin la actuación y sin la mirada espejeante de la masa.

Otra pregunta que se escucha en el consultorio: "¿quién soy y qué es lo que mantiene mi autoestima en buen estado? La madre de muchos sufrimientos es entregar buena parte de la identidad y de la autoaceptación a alguien que no soy yo. Es la raíz de todas las dependencias psicoafectivas que, aunque son inevitables, pueden llegar a grados de adicción. Dime que soy inteligente, guapo, flaca, valiente, aguerrido, combativa, divertida, sexy, deseable, inolvidable. ¡Dímelo...!, o volverá el vacío que se devora todo lo que llevo dentro.

Cuando se está absorto en un momento triste o de felicidad, en lo último que se piensa es en compartírselo a la masa. Al hacerlo, el self autónomo deja de existir. Suena exagerado, pero es así y depende enteramente de la urgencia con la que alguien necesita gritarle algo al mundo.

La idealización de uno mismo es la parte que habitualmente se muestra; sin embargo, la desidealización gradual es uno de los logros psíquicos más importantes en la vida adulta. El selfie puede entorpecer esta tarea. Todos llenamos nuestros vacíos de diferentes maneras. 

Sentir que le importamos a alguien que además nos da su apoyo es un alivio temporal. Tal vez habría que tener cuidado con volver, al espejo que son los otros, la fuente fundamental de nuestro amor propio. Todo lo que es exhibido puede despertar empatía y solidaridad en un momento. Y en otro, escarnio y destrucción. 

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. 
Se dedica a la consulta individual, familiar y de parejas. 
Contacto y citas: valevillag@gmail.com

AQUÍ PUEDES LEER LA REIVINDICACIÓN DE LA SELFIE, ESCRITA POR JULIA SANTIBÁÑEZ