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Sus medias rojas y yo
Soho Mexico

Durante este mes termina la temporada de mis Yankees de Nueva York. Yo estoy con ellos todo el año. ¡Ah! Y también estoy con mi novia, que le va a Boston. Sí: tengo una novia que le va a los Medias Rojas de Boston.

Noviembre es el mes más cruel porque con él se acaba la temporada de beisbol. Esperan seis meses para volver a escuchar el ?Play ball!? que anuncie un nuevo año de pelota caliente para mis Yankees de Nueva York, yo estoy con ellos todo el año. ¡Ah! Y también estoy con mi novia, que le va a Boston. 

¿Qué? ¿Me puedes repetir? Sí: tengo una novia que le va a los Medias Rojas de Boston. ¿Es eso posible? Y, si es posible, ¿funciona? Sí, es posible y funciona. Me explico. Muchos de ustedes saben que entre Nueva York y Boston existe una rivalidad beisbolística feroz desde hace años, décadas. Los equipos se odian y cada año batallan entre ellos hasta la muerte. Deportivamente hablando. 

Esta tensión es tan poderosa que ha trascendido las fronteras del deporte y ya se entiende como una manera de ser: un estereotipo. Según esta visión de las cosas, los Yankees son la potencia neoliberal, protonazi y millonaria del beis, mientras que los Medias Rojas son un grupo de fieles forajidos que con mucho menos dinero y mucha más enjundia dejan el alma temporada tras temporada. Aquéllos son casi unos autómatas sin sentimientos, éstos son nuestros semejantes, nuestros hermanos.

Aquéllos tienen prohibido dejarse la barba o incluso dejarse de rasurar durante días, éstos en cambio son puros pelos adorables. Aquéllos sólo aspiran a ganar, a éstos les basta con gozar el juego. A aquéllos los guía la chequera, a éstos el amor a la camiseta. Aquéllos son fresas, éstos son hipsters. En fin, como lo dijera mi novia en una inusitada imagen escolar: los Yankees son del Alexander, Boston del colegio Madrid.

No sé si en otros deportes haya una rivalidad tan pronunciada, si en otros ámbitos se hayan visto escenas como la de Pedro Martínez derrumbando al soldadito Zimmer. No lo sé, pero apenas exagero cuando digo que el mundo y, la visión que tenemos de él, puede reducirse a la facción de los calcetines y a la facción de los bombarderos. La fiesta vs. la disciplina. El magisterio de la derrota vs. la presión del triunfo. 

Y etcétera: estas líneas no son específicamente sobre el Caín y el Abel de los deportes, sino sobre el hecho inaudito de que mi novia le vaya a los patirrojos y yo a los mulos. Lo inaudito no es eso, por supuesto, sino que hayamos sobrevivido.

La primera explicación es que dicha rivalidad es pimienta pura para una relación: sabor y potencia. Y sí: la discrepancia civilizada, pero apasionada, es un buen motor para aderezar el tedio del ?sí, mi amor?. Ah no,
ahora las cosas son así: ?¿Se retiró Jeter? ¿Y ahora qué vida van a comprar?? O: ?Bueno, no te preocupes: Boston es adicto al fracaso, en el fondo gozan estar en el sótano?.

La segunda es que todo es mentira, que son dos equipos de beisbol con virtudes y defectos, ni tan fresas ni tan hipsters, que forman parte del glorioso mundo del más bello de todos los deportes. E intentar explicar eso alimenta la conversación y fomenta la cordialidad y el arrumaco. Algo así como ?¿Big Papi? Yo no lo odio, al contrario, es simpatiquísimo. Hasta se antoja abrazarlo, mira, así, vengache pacá?.

Y la tercera es que pocas cosas son más sexys que la pasión, la verdadera pasión, de una mujer. Por eso yo la provoco, a ella y a sus calcetines rojos. (Y no olvidemos el post make-up sex). 

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