"Ruleteros"

Publicado el día 25 de Mayo del 2015, Por Mauricio González Lara

Antes de Uber, existieron los taxis de sitio. Este es un análisis en torno a la realidad de quienes están detrás del volante este servicio público.

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Empecemos por lo evidente: afirmar que los taxistas del Distrito Federal son los peores del mundo es una hipérbole histérica y poco afortunada. Imagino que en algunos lugares infernales del planeta el simple hecho de que exista un taxi ya representa todo un triunfo civilizatorio, amén de la calidad del chofer que lo maneje.



No obstante, cualquiera que utilice con frecuencia estos servicios puede atestiguar que los taxistas "chilangos" carecen de un mínimo conocimiento del reglamento de tránsito y la geografía de la ciudad. No es exagerado afirmar que el escenario de parar a un taxista amable que conozca las calles y cuente con una unidad en condiciones óptimas de servicio resulta tan improbable como ir a la Cámara de Diputados y encontrarse con un político honesto e ilustrado: no dudo que pueda pasar –de hecho me ha pasado en algunas ocasiones–, pero la posibilidad es francamente reducida.



La capital nunca ha contado con un alto número de taxistas de excelencia. En materia de precios, se podría argumentar que la situación era aún peor a finales del siglo pasado, cuando los taxímetros eran meros adornos y cada quien cobraba lo que quería. Incluso algunas personas mayores aún preguntan antes de abordar una unidad cuánto les van a cobrar, sin reparar en que ya desde hacía varios años los "taxis de calle" estaban obligados a respetar el taxímetro.



Si a esto le sumamos que antes sólo existían algunas decenas de miles de unidades, pues ser taxista no resultaba un mal negocio. Quizá por ello, a raíz de las crisis económicas de finales de los ochenta, la profesión de taxista se transformó en un seguro informal para los adultos desempleados del Distrito Federal. De un momento a otro, los "ruleteros" ya no eran choferes con décadas de experiencia tras el volante –y con una sapiencia más o menos sólida de la ciudad–, sino vendedores, pequeños empresarios y hasta profesionistas que se vieron forzados a tomar el taxi como último recurso para no morir de hambre. El resultado: un ejército de individuos amargados y rencorosos con un nulo conocimiento del paisaje urbano.


A estas alturas, pocos escogen el oficio de taxista por vocación: casi todos son refugiados de la falta de oportunidades. No creo que eso, sin embargo, sea excusa para hacer mal su chamba. Hasta el peor cocinero de la fonda más cutre sabe cómo hacer arroz y frijoles. No se vale, entonces, que uno tome un taxi en Reforma y el chofer no sepa ni siquiera cómo llegar al Zócalo. Pocas cosas más insufribles que el "ahí me dice".

 

Para un extranjero (o incluso una persona de provincia que nunca haya visitado la capital), tomar un taxi en la calle es sinónimo de sufrimiento y desesperación: sin saber cómo guiar al conductor, es probable que tras extraviarse un par de horas termine en el Palacio de los Deportes cuando en realidad quería ir al Hipódromo de las Américas. "Es que no es mi rumbo, joven", dirá el taxista a manera de disculpa inútil.



La situación sería más tolerable si estos "obreros del volante" tuvieran una disposición noble y abierta a perfeccionar su oficio. Nada que ver. El taxista promedio opera bajo la asunción de que el usuario es una especie de "hitchhiker", y no un cliente que paga por un servicio. Esta dinámica se traduce en que el "ruletero" piense que el pasajero está obligado a escuchar con atención todo lo que se le ocurra: opiniones sobre futbol, chistes sexistas, sesudas teorías de la conspiración ("Peña Nieto ya le vendió el país a Obama, se lo digo porque mi primo es plomero en Los Pinos"), confesiones íntimas, etcétera.

 

Otra perla: a los dos minutos de haber abordado y sin tráfico aparente, un taxista es perfectamente capaz de mirar su reloj e informarle al pasaje que se le hace tarde para ver el partido Chivas vs. Cruz Azul, para acto seguido bajarlo en pleno Viaducto. Así se las gastan los "taxi drivers" del DF. 



Gracias a la popularización de los sitios –así como de algunas apps para cubrir servicio a domicilio vía móviles–, el "taxi de la calle" se encuentra en peligro de extinción. La gente parece estar dispuesta a pagar un monto extra a cambio de seguridad y un trato más digno. No faltará quien llore la muerte del "ruletero" como el fin de una época mágica o pintoresca.

 

Nosotros no.