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Peter Pan era una mierda
Soho Mexico

Otro año, otro abril, otro día del niño.

El 30 de este mes, como es costumbre, los medios nos bombardearán con exhortaciones para celebrar nuestra infancia, no sólo en el sentido literal de festejar a nuestros hijos, sino también en el de proteger lo que la psicología new age ha denominado como nuestro "niño interior".

 

Un sinfín de supuestos expertos desfilará por noticiarios matutinos y programas de radio para señoras con el fin de recordarnos que la intensidad infantil es una fuerza que debemos conservar en nuestra vida adulta, ya que nos ayudará a desarrollar la valentía necesaria para realizar nuestros sueños. Los gurús de autoayuda, sobre todo, son adoradores fervientes del "niño interior". 

 

Srinivas Rao, autor de El arte de ser inconfundible, es un ejemplo emblemático. Para este conferencista motivacional, la niñez es el estado ideal del hombre: "El infante posee poderes que superan al adulto, por eso nunca debemos abandonar a nuestro 'niño interno'. Además de ser dueños de una imaginación vívida y maravillosa, tu "niño interno" no conoce de fracasos y miedos. Cuando tienes seis años, sientes que puedes conquistar el planeta. No te cuestionas si algo es posible o no, simplemente lo haces. Los adultos pierden la capacidad de sorpresa, equiparan el entusiasmo con la ingenuidad y la ignorancia. El niño, en cambio, siempre está abierto".

 

La tendencia es concebir la infancia como un estado perpetuo de inocencia; un estadio carente de malicia donde el temor a la derrota no existe, por lo que todo es mejora y aprendizaje. Para corroborar cómo esta idea se ha consolidado con éxito basta con ver la potencia con la que la cultura nerd ha infiltrado el universo adulto. Como muestra, el éxito descomunal que han tenido las cintas de superhéroes en años recientes; el hombre moderno no cambia de juguetes al crecer, juega con los mismos muñecos con los que se divirtió de niño; no existe un cambio de narrativas: el cuento que lo enajenaba en su infancia lo cautiva como adulto. Resultado: filas de cuarentones disfrazados como Hulk o Thor en los cines. 

 

Otra muestra de la infantilización en que vivimos es la tendencia a culpar los errores propios a fuerzas externas de naturaleza abstracta. "La publicidad me hizo obeso", "la moda me transformó en anoréxica", "las tabacaleras son responsables de mi cáncer", entre otras perlas, son frases comunes entre adultos que se ven a sí mismos como niños incapaces de ejercer autocontrol. 

 

Una manifestación de este fenómeno es la delegación de la voluntad a terceros, o expresado en términos mercadotécnicos, el "outsourcing" del control (aplicaciones que impiden "tuitear" borracho, programas de límites de gasto en tarjetas de crédito, refrigeradores con candados electrónicos que se cierran cuando se sobrepasa un número determinado de calorías, etcétera).

 

El autocontrol, esa característica definitoria del adulto, es una habilidad poco atractiva para los que no desean renunciar a su "niño interior".

 

La idealización de la infancia es atractiva porque nos permite pensar en el niño que fuimos con ternura; nos sitúa bajo la lógica benigna en la que, por mal que salgan las cosas después, alguna vez fuimos limpios y entrañables. Es una mentira. 

 

En el cuento La pradera (The Veldt), publicado en 1950, el escritor Ray Bradbury imaginó una realidad donde los niños juegan en habitaciones que permiten cristalizar todo lo que sucede en sus mentes. Al principio, Peter y Wendy, los niños consentidos del relato, imaginan escenarios mágicos en los que juegan sin restricciones. Las cosas se complican cuando sus padres comienzan a demandarles que no descuiden sus obligaciones en aras de pasar más tiempo jugando en la habitación. Peter y Wendy dejan de proyectar universos amigables y se concentran en materializar una pradera selvática repleta de depredadores hambrientos. La razón: el deseo cada vez menos velado de asesinar a sus progenitores.

 

El hecho de que los niños tengan los mismos nombres que los protagonistas de Peter Pan, de J.M. Barrie, revela el discurso del relato. La niñez perpetua no redunda en aventuras inspiradoras en la dimensión del "nunca jamás", sino en un egoísmo irresponsable que a la larga deriva en tragedia.

 

La inconciencia infantil, malentendida como un ánimo de inocencia benigna, dista de ser una virtud. Peter Pan no es un personaje admirable. Lo más probable es que, al igual que tu hijo o el niño de la esquina, sea una verdadera mierda. Aún hay esperanza: tarde o temprano, todos tenemos que crecer.

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