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Diario de un jeiter
Rafael Carballo @rafacarballo
De dúos y duetos
Rafael Carballo @rafacarballo

Lo que hay que aguantar cuando uno es solo. La pregunta inquisidora en el cine o en el restaurante: ¿Sólo uno?

De dúos y duetos

Siempre me he preguntado por qué esta necesidad de parear todo. Como si todo tuviera que ir acompañado. Empezando por el título de esta entrega, pareciera que todo debe ir  de la mano con algo.
Antes de que empiecen a criticarme, sí ya sé, dúo y dueto es lo mismo. Es como párrafo y parágrafo, lo mismo, aunque uno de los dos suene más mamón que el otro, o como diría el maestro Silvio Rodríguez: “es lo mismo, pero no es igual”. Por ejemplo, en esta necesidad de pareo muchas de las veces que se menciona a Silvio Rodríguez viene aderezado con una conjunción y el nombre de Pablo Milanés. Si acaso, lo único que tienen en común estos dos es la patria y que tocan la guitarra. Y aprovecharon eso para luego dar conciertos juntos, pero la música de uno y del otro no tienen relación alguna.
Pero así funciona el mundo. Uno no es nadie. Si llega solo al cine y pide un boleto, invariablemente, el chamaco que trabaja en la taquilla (un adolescente que está ahí ganando un dinerito en su tiempo libre de la escuela) en un acto reflejo causado por años de condicionamiento social pregunta, sin pensarlo, “¿Uno?”.  Como si el que va solo al cine estuviera haciendo algo malo.
Así llega la presión social para casarse, porque uno no puede andar de uno por el mundo. Como si los nones fueran malos. El atrevimiento del número impar.
Dentro del universo numérico, debe decirse, hay otro grupo muchas veces más vilipendiado que los impares (aunque forman parte de este mismo): los números primos. Ellos están aún más solos.
En este afán de premiar el aparejamiento, ahí está el mayor dueto musical de la historia popular: Lennon y McCartney. Sin igual ni comparación. De ahí, le siguieron Jagger y Richards; Page y Plant; Bono y The Edge; siempre pareados. (Quizá por eso, por solo, es que Elvis acabó —si es que de verdad murió—abotagado y patético.)
No se diga si llega uno a un restaurante. Vendrá, inevitable, la pregunta: “¿Sólo uno?”, y después el que come solo tendrá que someterse a la mirada inquisidora de todos los demás comensales y en ocasiones hasta habrá que soportar el cuchicheo. Dicho en inglés suena aún más triste: Party of one. Ni hablar.
Quizá por eso, los hombres ilustres del siglo antepasado conjuntaban sus apellidos haciendo notar que eran dos (que venían de dos, de una pareja): Ramón y Cajal (no, no se llamaba Ramón, sino Santiago), ilustre médico español; Ortega y Gasset (de nombre José), el gran filósofo del Novecentismo español.
Quizá deba agregar la conjunción a mi apellido: Carballo y Meza. Así cuando haga una reservación la señorita que levante mi apartado no preguntará nada, sabrá de inmediato que son dos, Carballo y Meza.
Sin duda ganaré notoriedad y algo de glamour. La gente escuchará mi nombre y pensará en Batman y Robin, o de perdida en Francisco y Madero (qué importa que Indalecio no se escriba con ye).

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