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Diario de un jeiter
Rafael Carballo @rafacarballo
Si la pendejez doliera
Rafael Carballo @rafacarballo

Siempre he creído que la pendejez debería de doler. Así, dejaríamos de padecer (y cometer, nadie se exime) infinidad de pendejadas. Sería un mundo mejor.

La naturaleza, en su infinita sabiduría, nos ha proveído con alarmas intrínsecas que nos avisan de peligros, enfermedades y otras cosas que podrían atentar contra nuestra vida. Un sistema ligado íntimamente con nuestro instinto de supervivencia.

Así, por ejemplo, el fuego nos quema, tenemos fiebre si padecemos una infección, sentimos frío cuando la temperatura puede afectar nuestra salud, o sentimos dolor si forzamos alguna articulación de nuestras extremidades.

Sin embargo, aún en su infinita sabiduría, la naturaleza tiene carencias que nosotros heredamos y hay cosas de las que, a pesar de su alto riesgo o peligro, no tenemos manera de enterarnos. Una de ellas es la pendejez.

Si la pendejez doliera, todos pensaríamos las cosas dos veces antes de decirlas o de cometerlas. En esa reflexión, motivada por el dolor físico, podríamos ver una o más pendejadas y evitarlas. Exactamente igual que pasa con el fuego, arriba mencionado.

A simple vista, el fuego es sumamente atractivo. Todos, absolutamente todos (la mayoría siendo niños), nos sentimos atraídos por el fuego. En el mejor de los casos, nuestros cuidadores se percataron, nos habrán dado un manazo y nos explicaron que el fuego quema. Quizá nos acercaron al fuego lo suficiente para que sintiéramos el calor, pero no tanto como para que nos quemáramos. Así aprendimos. Otros muchos, habrán metido su mano al fuego, sin que nadie les advirtiera, y se quemaron. La enseñanza, a la mala eso sí, habrá sido indeleble y jamás volvieron ni volverán a meter sus manos al fuego. En ese sentido, la naturaleza es muy eficiente.

Si la pendejez doliera, en el momento en que alguien dijera una pendejada, sentiría una punzada aguda en el cerebro. La siguiente vez que fuera a abrir la boca, se lo pensaría dos veces. Si es medio pendejo, quizá diría otra pendejada y volvería a sentir esa punzada. Si no es muy brillante, pues pasará por ese trance algunas veces más, pero tarde o temprano aprenderá.

Todos cometemos pendejadas. De esa no se salva nadie. Hasta el más brillante puede tener un mal día, un mal momento, y cometer una pendejada. Ni hablar. No pasará de una punzada. Como cuando alguien comete un error al afeitarse y queda con la evidencia todo el día: una pequeña costra en la mejilla (o en la pierna, quién sabe). Ese es el riesgo de vivir. Y gracias a eso, uno aprende.

Si la pendejez doliera no desaparecerían las pendejadas. Sin embargo, sí se reducirían dramáticamente, lo apuesto.

Por ejemplo, el presidente daría menos discursos y los que diera, serían apegados al texto, nada de improvisar porque eso puede ser una fuente infinita de dolor. O bien, habría mucha gente que optaría por tomar taxi los días lluviosos (por qué ese efecto tipo Gremlin: la gente comienza a cometer pendejadas en su coche apenas empieza llover). De hecho, supongo que habría mucha gente que optaría por no manejar nunca, y todos lo agradeceríamos, hasta ellos. En fin, viviríamos en un mundo más libre de pendejez. Si la pendejez doliera.

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